martes, 20 de diciembre de 2016

- Titicaca…… el mar en los Andes

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Por fin vemos las azules aguas del Lago Titicaca, para mi mítico, alejado e inalcanzable destino desde hace muchos años, cuando lo descubrí por primera a través de las fotos de una vieja revista de los años 70. Ahí está, ante mí, sereno y tranquilo, esperando ser descubierto por mis ojos, mi mente y el objetivo de la cámara. Las sensaciones de lejanía e inaccesibilidad se han borrado de mi imaginación al contemplar la inmensidad de sus oscuras aguas como si de cobalto líquido se tratase, calma, serenidad, sosiego, es lo que nos trasladan estos míticos paisajes en la lejanía mientras nos acercamos hasta ellos. Lugares de singular cultura andina e inigualable belleza, que a todos los viajeros que hasta aquí nos acercamos no deja de trasmitirnos, en algunos momentos misterio y turbación y en otros una relajante placidez. Uno de esos destinos que esparcidos por el mundo convierten su visita en mito. 

A casi 4.000 metros de altura, y vigilado en su extremo oriental por las majestuosas cimas nevadas de la Cordillera Real que superan los 6.000 m. de altitud, el llamado "Mar de los Andes" por las grandes dimensiones que posee, se sitúa en una zona compartida entre Bolivia y Perú. Con una superficie de unos 8,490 km2, una profundidad límite de 280 metros, su máxima longitud de 204 kilómetros por 65 de anchura, un perímetro costero de 1.125 kilómetros y un volumen de agua que llega alcanza los 890 km3. Con un paisaje único en medio del Altiplano Andino enmarcado en un impresionante decorado, con la tramoya de las cumbres nevadas como fondo escénico. En el que sus aguas bañan y guardan a una población mayoritariamente indígena, que aún conservan gran parte de las tradiciones de la civilización inca, convirtiéndolo uno de los lugares más soberbios y misteriosos de América. Aguas tranquilas y transparentes; playas de colores claros; bosquecillos que mueren al borde del agua, a semejanza de los paisajes mediterráneos para los que nos acercamos hasta aquí provenientes de viejo continente. Cuando uno llega al lago navegable más alto del planeta, no puede entender tanta magia frente a sus ojos. 

Solo dos naciones del continente sudamericano no tienen mar, siendo Bolivia una de ellas, por los circunstancias históricas que ya he relacionado en artículos anteriores. A la espera de conseguir recuperar en el futuro una salida al mar, mantiene su flota "marina" en el Lago Titicaca. Conservando en su enseña nacional las diez estrellas, nueve por los actuales departamentos, más una por el litoral boliviano (Atacama) que ellos denominan Mejillones. 

Comenta una leyenda que, fue en este lago donde comenzó a generarse el linaje de lo que después sería el gran imperio inca, siendo un lugar sagrado para los apodados como "Hijos del Sol". Los descendientes de aquellas culturas siguen venerando estas aguas a través de vistosas representaciones folclóricas y religiosas, quedando seducidos por ellas cuantos visitantes se animan a llegar hasta estas latitudes. 

Las primeras noticias que llegan a occidente de estos lugares, son las que hacen seguir los colonizadores españoles que hasta ellos logran aproximarse. Siendo Pedro Sancho, secretario Pizarro, el que los menciona desde Cuzco, al tener noticias a finales de 1533 de los dos enviados a explorar el Kollasuyo (El Collado o Altiplano Andino) Diego de Agüero y a Pedro Martín de Moguer. Que a su retorno, después de cuarenta días recorriendo esos parajes, informaron de que: "había una gran laguna como de cien leguas y que la mayor población se encuentra a su alrededor, y en medio de ella hay dos islas pequeñas, en una de las cuales existe una casa del sol que es tenida en gran veneración… están al servicio de este santuario seiscientos indios y más de mil mujeres…". Aunque el más prolífico sobre las tierras andinas fue Pedro Cieza de León, quien posteriormente afirmó que en ellas “hubo un famoso y riquísimo templo del sol, en memoria de haber salido de allí su primer inca Manco Capac”, refiriéndose a la Isla del Sol del Lago Titicaca. 

A esta isla hace también reseña Antonio de la Calancha, comentando que en ella había un “ídolo de piedra azul vistosa, sin más figura que un rostro feo y el cuerpo como pez”. Que durante el proceso de “extirpación de idolatrías” ese y otros ídolos “fueron destrozados y arrojados a la laguna por los cristianos”. Como así ocurrió con los “gigantes ídolos esculpidos en piedra” que había en Copacabana, los cuales “fueron derribados y sustituidos por cruces de piedra y madera”. 
 

Es esta, la Isla del Sol, nuestro destino y a la que nos dirigimos directamente, llegando a ella el mismo día que salimos de La Paz y eso que tardamos más de una hora de lo previsto, unas 5 horas en recorrer los 155 km. que la separan de Copacabana cruzando en balsas el estrecho de Tiquina, lo que nos produjo gran parte del retraso. Aun así nos dio tiempo para contratar hotel para el día siguiente en la parte norte de la playa de Copacabana, justo al lado del muelle desde el que salen las embarcaciones para llegar a Challapampa, en el extremo norte de la Isla del Sol. Hacia la cual salimos de inmediato, pues no partían ya más barcos hasta el día siguiente. Incluso nos dio tiempo a contratar el alojamiento en la isla, que no hotel, y acercarnos hasta la zona de las ruinas de Chinkana, que distante unos 3 km. nos llevará unos 45 minutos, estamos rondando los 4.000 m. de altitud y eso se sigue notando. 

Teníamos noticias de que esta isla era uno de los lugares donde mejor se palpa la realidad de la cultura inca y la onírica magia del Lago Titicaca, y aunque ya llegamos con cierta facilidad los multicolores visitantes hasta sus costas, mantiene ese encantamiento que le da en parte su aislamiento de cientos de años. De todas las 36 ínsulas existentes en este enorme lago, la Isla del Sol es la más grande, unos 14 km², donde conviven y se relacionan tres comunidades autóctonas de origen quechua y aymara. En tiempos fue conocida como Titikaka ("titi" gato montés o puma y "kkakka" peña), la "sagrada peña del puma" desde la que salió el sol después de las tinieblas, en el por entonces conocido como Lago Chucuito, llamado después y hasta ahora como Titicaca por ser donde nació la saga origen del imperio inca. 

Es por ello lugar sagrado y custodio de tradiciones ancestrales, donde se encuentra la energía que creó el mundo y toda forma de vida según la mitología inca, donde brotó la luz y se elevaron la luna y el sol, y en el que la fabula ubica el mito sobre el origen de las culturas tiahuanaco e inca. Nos trasladan las leyendas que, la Isla del Sol era el legendario lugar donde nació el sol, y en la cual Viracocha (el dios sol y creador del universo) decidió engendrar a Manco Capac y Mama Ocllo (los equivalentes Adán y Eva de la cultura inca) para regenerar el mundo con un nuevo imperio. 

Nos lo comenta así el periodista y escritor Eduardo Galeano: “Al principio de los tiempos, la tierra y el cielo estaban a oscuras. Sólo noche había. Cuando la primera mujer y el primer hombre emergieron de las aguas del lago Titicaca, nació el sol. El sol fue inventado por Viracocha, el dios de los dioses, para que la mujer y el hombre pudieran verse”.

El gran dios, encomendó a la pareja la búsqueda de un lugar propicio y fértil para fundar la ciudad que fuera cuna de un imperio, proveyéndoles de un báculo de oro que deberían ir enterrando hasta encontrar un lugar donde quedara clavado con facilidad. Partieron en busca del lugar señalado, encontrándolo a orillas del río Huatanay en lo que un par de siglos después sería la ciudad de Cuzco, centro político y antigua capital de la cultura incaica, fundando uno de los mayores imperios de la historia americana, el Tawantinsuyu. 

Es por ello que la Isla del Sol, posee un especial peso histórico y mitológico al ser el mítico lugar de la creación inca, habiendo sido el territorio de peregrinaje más sagrado de aquella cultura. Existiendo por aquellos tiempos precoloniales un santuario de rituales dedicado al dios Inti (Sol) custodiado por jóvenes vírgenes, donde moraban, adoraban y hasta ofrecían su vida por el considerado padre de la cultura inca. Entre las que allí se practicaban, era de destacar la que efectuaban cada 21 de junio (solsticio de invierno) con la ofrenda a la "Pachamama" (Madre Tierra) de una niña virgen seleccionada por su hermosura, ofreciéndola en sacrificio a la "Madre Tierra" como símbolo de pureza y agradecimiento. Por aquellos tiempos la Isla del Sol estaba ocupada únicamente por "amautas" (sacerdotes), siendo vedada para los no iniciados en los cultos y s rituales ancestrales que se realizaban. Sin embargo hoy en día es punto de encuentro de turistas, arqueólogos y chamanes. 

Es su extremo norte se concentran la mayor parte de los restos arqueológicos del pasado, pudiendo llegar nuestra imaginación a sentir la presencia de Manco Kapac y Mama Ocllo naciendo de la Roca Sagrada o Roca de los Orígenes como también se la conoce. Que situada algo por encima y al levante de la Mesa Sagrada, esta ultima era lugar de ceremonias, destacando de entre ellas el sacrificio de las niñas vírgenes y animales para rendir homenaje al dios Inti. Unos centenares de metros más adelante nos encontramos las ruinas del Laberinto Chinkana, que según parece es el lugar donde vivían los sacerdotes que realizaban ceremonias espirituales. Estos lugares son sobrecogedores, no solo por las fabulas que sobre ellos recaen, su ubicación en la costa oeste de la isla, por encima de los acantilados y con unas vistas excepcionales, nos hace pensar que no fue mal lugar el elegido por los dioses para el nacimiento de un imperio tan mágico y enigmático como el de los Incas. 

Es en este lugar, donde la misma tarde de nuestra llegada a la isla y después de una algo costosa ascensión de casi una hora, subidos a la cúspide de una cercana colina, resguardados del fuerte viento por un parapeto de piedras y acompañados por un agradable y simpático argentino, vemos como el sol inicia su camino hacia el ocaso escondiéndose por las tierras peruanas del Titicaca. Dando paso un rojo crepúsculo que re refleja en las tranquilas aguas del lago. Un momento que no solo recojo en mi cámara, es uno de esos instantes de magia que se quedan guardados en la mente para mucho tiempo. Con este espectáculo ante nosotros, no es difícil imaginar como la magia y el misticismo del lago Titicaca ha deslumbrado a cuantos pueblos se han asentado en sus orillas, no solo a los Incas también a la cultura Chiripa (1.000 a 100 a.C.), los Pucará (siglos II a.C. a VI d.C.), y sobre todo la civilización Tiahuanacota, quienes controlaron este hábitat lacustre hasta el siglo XVI, cuando llegaron los conquistadores españoles.  

En este territorio rodeado por las aguas del Titicaca no existe vehículo alguno, tenido que realizarse cualquier recorrido caminado, tal y como se ha hecho desde tiempo inmemorial. Es así, a pie, como nos permite disfrutar de la magia del silencio en medio de este entorno inigualable. El Camino del Inca o “Ruta Sagrada de la Eternidad del Sol” (Willa Thak), que recorre de norte a sur en su totalidad el cordal de la isla, nos obsequia con las mejores panorámicas de todo su perímetro, así como de la gran planicie de agua que se extiende por más de 150 kilómetros a nuestro alrededor. 

Al poco de amanecer y ya pertrechados para realizar el recorrido que nos habíamos propuesto, el de recorrer el cresterío de la isla de norte a sur por el "Camino del Inca", nos sorprende una enorme tromba de agua que cual si fuera una analogía de "diluvio Universal", congela nuestras madrugadoras intenciones. Teniendo que trastocar nuestros planes diarios y dedicar nuestro tiempo a un buen desayuno y a replantearnos la jornada. Retornamos navegando hasta la zona sur de la isla para visita Yumani, población a la que ascendemos tras recorrer los 220 peldaños de la legendaria e infinita escalinata que se interna en el bosquete, donde se halla la Fuente de las Tres Aguas, donde confluyen sendos caños de los que beben los lugareños para prolongar la vida. Con sus aguas de diferentes sabores, sus manaderos representan los tres idiomas que se hablan en la colectividad: aymara, quechua y castellano, y que construida durante el dominio Inca, nos evidencia los avanzados conocimientos hídricos de las culturas prehispánicas. Cuenta la leyenda que al "Gran Inca" (rey), para conseguir que fuera inmortal, lo subían hasta aquí seis sacerdotes llevando en un trono de oro para que el monarca bebiera de las aguas de la eterna juventud. 

La visión desde la altura es impresionante, al margen de la belleza del panorama, se respira ese misticismo que nos envuelve. A nuestro rededor las esculpidas y trabajadas de terrazas agrícolas sustento de estos pobladores, al fondo, en medio de la azulada planicie observamos la Isla de la Luna, otro mágico y enigmático lugar dedicado Mama Killa (nombre quechua de la Luna), en donde se localizan las ruinas de "Iñak Uyu" o Templo de la Luna, edificio de 35 habitaciones en el que se encontraban las vírgenes del sol. Hacia el sur y por encima del acantilado se encuentra el Palacio Pilcocaina (donde descansa el ave), lugar de veraneo del Gran Inca en busca de reposo, y donde era atendido por las "niustas", sacerdotisas dedicadas al culto de Inti o dios Sol. Este lugar nos ofrece unas vistas únicas del lago con las nevadas cumbres andinas de fondo. 

Retornados a tierras continentales, dedicamos la mañana del día que habíamos decidido "de descanso" a visitar la población de Copacabana. Subimos al Cerro Calvario, al que llaman así por existir uno de esos "viacrucis" con sus 14 estaciones de la Pasión de Cristo y todo, que los cristianos conquistadores instalaron para llegar a su cumbre, en la que curiosamente había un templo de la cultura inca. Pero al ir ascendiendo nos dimos cuenta que su nombre también tenía otra connotación, pues se trata de un verdadero "calvario" remontar sus empinadas escaleras a casi 4.000 m. de altitud. Una vez en su cumbre y repuesto de los resoplos, las impresionantes vistas de la inmensidad del lago con sus placidas aguas como teñidas de lapislázuli nos hacen olvidar la cuesta. Abajo la población de Copacabana con su "vintage" playa y los embarcaderos, también la plaza donde se sitia la Basílica, en la que se adora la milagrera imagen de la "Candelaria" o
Virgen Negra del Lago, patrona de Bolivia e inmaculado (por su blancura) lugar de acogida de devotos peregrinos. Donde los domingos;……….. y coincidimos en que era el día que el "Señor" nos mandó descasar; bautizan a los automóviles nuevos, bautismo en toda regla, con cura e hisopo, vehículos emperifollados y dueños engalanados. También esta sacrosanta iglesia está erigida sobre anteriores templos incaicos, donde cada seis de agosto piadosos creyentes visitan este santuario, quedando trasformando así el antiguo culto inca, que por tiempo inmemorial se rindió a Huiracocha como creador del universo, a las prácticas cristianas.
 

Después de almorzar en el genuino mercado de Santa Marta unas riquísimas truchas del Titicaca, esa misma tarde del "día de descanso", partimos en autobús a Puno. Población que aunque no muy alejada, apenas 144 km, se demora bastante por encima de las tres horas, debido a los trámites aduaneros al pasar a Perú (los policías bolivianos son un poco quisquillosos). Ya situados en un nuevo país y una nueva ciudad, buscamos alojamiento en su más "seguro" Casco Histórico, encontrando albergue en el muy recomendable Hotel Plaza Mayor, que como indica su nombre está casi al lado de la céntrica Plaza de Armas. Dedicando el resto de la ya oscura tarde a buscar quien nos puede llevar al día siguiente a conocer algunas de las islas del lago Titicaca, a pasear por la animada y peatonal calle Lima y a disfrutar en la noche de algunos de sus edificios coloniales. 

Amanecido un nuevo y plomizo día que después se iría enderezando, embarcamos rumbo a las "Islas de los Uros". A unos 6 km. de Puno, una media hora de navegación, se encuentran unos 80 islotes artificiales que han servido como morada a la etnia "Uro" durante cientos de años, que empujados por los incas y despojados de sus tierras tuvieron que asentase en las aguas del lago para poder sobrevivir. Aunque lleven el nombre de esos originarios nativos, la verdad es que el último de los que habitaba estas pequeñas islas falleció en la década de los 50 del pasado siglo, estando habitadas en la actualidad por grupos de origen "aymara". 

No son islas como se pudiera entender, pues son creadas artificialmente por manos humanas aprovechando la "totora", planta acuática y recurso natural muy habitual en las zonas lacustres y pantanosas de la América sureña, como es el caso de esta zona del Titicaca en la que hay poca
profundidad. Las hojas y los tallos de este junco es fundamental para la economía y la forma de vida de estas gentes, con ella a parte de "fabricar" las islas, les sirve para confeccionar y techar sus chozas, crear habitáculos, o para combustible una vez secas, así como elaborar sus barcas para navegar por las aguas del lago, como lo han hecho durante cientos de años, en las curiosas y pequeñas embarcaciones conocidas como "caballitos de totora". Cuando descendemos de la embarcación para visitar alguna de estas islas se tiene la chocante impresión de estar pisando sobre un esponjoso y mullido suelo vegetal con la sensación de estar flotando sobre las nubes que reflejan las aguas del lago. También con ella realizan trabajos de artesanía y enseres para su vida cotidiana. La utilizan igualmente como alimento, pues al pelar su corteza muestra una lechosa sustancia sin prácticamente gusto, utilizada como suplemento de su alimentación. 
 

La comunidad indígena de los "uros"; que alegan ser los dueños de las aguas del Titicaca; hasta mediados del pasado siglo su cotidiana actividad se realizaba en complicidad con el lago, fundiéndose e identificándose con él en una extraordinaria armonía. Hoy se han convertido en un espectáculo o atracción turística más de la zona, pero no por ello deja de ser interesante ver sus formas de vida y sus costumbres. 

Por último nos desplazamos hasta la isla Taquile, donde somos recibidos por sus hospitalarios pobladores, que con sus rostros curtidos por el sol, aun mantienen sus formas de vida y vestimentas tradicionales. Destacando la calidad de sus coloridos y trabajados textiles, que se esfuerzan en realizar mientras realizan sus traslados por los senderos de la isla, o en sus ratos de asueto sentados a la sombra de algunos de los originales portales que engalanan sus caminos. Practica declarada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
 
Si bien el lago Titicaca ya no tiene el hechizo que me reflejaba aquella revista de los años 70, aun deja trasmitir ese encanto de los lugares únicos de los que el planeta no anda sobrado. Sigue siendo un emblema de misticismo y uno de los centros espirituales más significativos de los territorios andinos desde ancestrales tiempos, llegando hasta sus márgenes multitud de gentes para buscar los secretos de su añeja cultura. Siendo especialmente su misticismo, el que atrae durante los equinoccios a miles de viajeros en la búsqueda experiencias sobrenaturales. Pero nosotros no buscamos esas exotéricas sensaciones, el devenir del mundo nos ha hecho más pragmáticos y menos prosaicos, por lo que continuamos nuestro periplo hacia las incaicas tierras de Cuzco y el Valle Sagrado, para conocer su cotidianidad de hoy en día entre sus ancestrales ruinas.