viernes, 3 de enero de 2014

- Rajasthán (India)..........el País de las Mil y una Noches

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El verde paisaje y los exultantes campos cultivados del territorio de los sijs, del que hasta ahora habíamos estado disfrutando, poco a poco se va trasformado en un panorama más áspero y sórdido en el que las líneas del horizonte son prácticamente planas, la vegetación va paulatinamente desapareciendo y la sequedad empieza a ser nuestra incesante compañía; comenzando a percibir como esa arena fina y melosa se va adueñando gradualmente de nuestro espacio visual, adentrándonos en una atmosfera diferente a todo lo anteriormente vivido en nuestro periplo por este singular país. Atrás quedaron los bosques y los tormentosos ríos de las estribaciones del los Himalayas, también los rasgos diferenciados de los altivos sijs y las contagiosas sonrisas tibetanas de los lugares ya recorridos, pero aun así entramos en un nuevo espacio encantado................. Hemos partido del Punyab, camino hacia ese irremisible sur donde se sitúa el Rajasthán. 

Situado en el noroeste de la India, el territorio Rajasthani es la esencia del exotismo del país. Aunque Indostán es un territorio enorme con cantidad de paisajes diferenciados, esta región representa la imagen onírica de esa India que todos hemos tenido alguna vez en nuestra imaginación, el reino de los maharajás de esas antiguas películas de cine en las que estos singulares gobernantes compartían poder con el Imperio Británico, con sus suntuosos palacios repletos de elefantes y abundancia de lujos y placeres, o incluso a épocas más antiguas, a la india del siglo V, la de los cuentos de "Las Mil y una Noches". Lugar, donde las antiguas historias y leyendas cobran vida, de orgullosos hombres de grandes bigotes, cubiertos con enormes turbantes, y engalanadas mujeres adornadas de elaboradas joyas, ceñidas con coloridos y refinados saris.  

Rajasthán es la tierra de los rajputs (hijos de reyes), tradicional y aguerrido clan guerrero, protector de su tierra, su familia y su dignidad,  que rigieron este territorio del subcontinente indio durante más de un milenio, conforme a un código de honor equivalente al de los caballeros feudales occidentales del medievo. De ascendencia "aria", su historia habla de un romántico sentido del orgullo y del honor que todavía hoy sigue vivo; su coraje y su concepto de la dignidad llegaba a tal nivel, que ante una derrota, se sometían al “jauhar”, un ritual de inmolación en el que las mujeres de estos maharajás y sus hijos, se arrojaban a una pira funeraria y ellos salían al encuentro del enemigo, en busca de una muerte segura. En la actualidad viven con la nostalgia de su esplendoroso pasado, aferrados a un estatus señorial y de dominio, abolido por el gobierno en 1971, pero que en cierto grado, aun detentan sobre las comunidades más rurales. 

Estos feudales hindús, gobernaron la región desde aproximadamente el siglo VI, instaurando diversos reinos que resistieron las incursiones de tucos y musulmanes hasta llegado el siglo XVII, en el que prácticamente toda la india quedó dominada por los "mogoles", regida desde el sultanato de Delhi. Si bien algunos de estos  antiguos reinos no fueron totalmente sometidos, lo que hizo modificar la actuación de los invasores hacia ellos, creando lazos matrimoniales, confiándoles cargos políticos y militares, y otorgándoles una cierta autonomía, pero manteniéndoles como reinos vasallos. Con la decadencia del imperio mogol en el siglo XVIII, los rajputs recuperaron parte de la independencia que más tarde, en 1818, pondrían en manos del Imperio Británico a cambio de autonomía local y protección frente al nuevo peligro invasor, los Marathas, que llegaron a ocupar la importante ciudad de Ajmer en el siglo XVIII. 

Los príncipes rajput lograron conservar ciertos privilegios después de la independencia de india en 1947, cosa que no agradaba mucho a los nuevos gobernantes. Alrededor de 565 maharajás hindúes y nababs (gobernadores) musulmanes gobernaban como soberanos absolutos y hereditarios sobre aproximadamente 100 millones de habitantes, un tercio del territorio de la India. Príncipes como el Maharajá de Cachemira o el Nizam de Hyderabad gobernaban estados tan poblados y extensos como algunos de los países europeos. Entre ellos se encontraban algunos de los hombres más acaudalados del mundo, como también soberanos con peculios tan modestos como los de un comerciante de bazar. Calculándose que cada uno de ellos poseía de media: unas 6 esposas, 11 títulos nobiliarios, alrededor de 10 elefantes, entre 3 y 4 Rolls-Royce, 3 vagones de tren privados y unos 23 tigres abatidos en distintas cacerías.  

Tras la abolición de sus títulos y prebendas por la Primera Ministra Indira Gandhi en 1971,  empezó el declive de estos feudales del siglo XX. Fue entonces cuando muchos de estos maharajás se vieron forzados a convertir sus palacios y fortalezas, en algunos de los cuales aun viven los descendientes de estas castas medievales de antaño, abriéndolos al público, transformándolos en seductores hoteles de lujo y permitiendo su entrada a los curiosos visitantes que nos acercamos a ellos.  

La antigua Ruta de las Indias
Las leyendas de "Simbad el Marino" (siglo IX), las de su homologo el terrestre "Sindbad el mozo de cuerda" (siglo VIII) y sobre todo el "Libro de Las Maravillas del Mundo" (siglo XIII) con el relato del periplo de Marco Polo, nos hablan de lugares exóticos, de mercantes que hablan desconocidas lenguas y de naves que retornan colmadas de nuevas especias. Esto desarrollo un floreciente comercio con oriente, creando largos y complicados itinerarios para atraer a occidentes tan preciados y desconocidos elementos. 

Así se crearon la Ruta de las Especias y la de la Seda, que desde el siglo VII, gracias a los intermediarios árabes, facilitó descubrir nuevas especias a los refinados paladares europeos, que no solo se usaban para sazonar y condimentar los platos y guisos, también se utilizaban en la preservación de los alimentos, para confeccionar fragancias y perfumes, elaborar afrodisiacos, para su uso en la medicina de entonces. y con fines místicos o sagrados. Fue gracias a las especias que India y Europa se encontraron, lo que dio paso a un fructífero comercio de todo tipo, no en vano las especias eran llamadas “el oro de India” y por ello se buscaban nuevos itinerarios en la búsqueda del otro ‘Dorado’ el oriental. Es conocido que el interés del viaje de Cristóbal Colón era intentar llegar a las Indias por occidente, pero sin quererlo (o sabiéndolo), se encontró un nuevo continente en el camino.  

Todo comenzaba en las Indias Orientales, en Ceilán, Sumatra o Java, donde se cosechaba clavo, pimienta o nuez moscada, que mas tarde eran trasportados hasta el golfo de Bengala. Estos recorridos que en un principio se realizaron por mar, para después llegar a El Cairo, Damasco o Constantinopla, a través del Golfo Perico o el Mar rojo, para posteriormente llegar por Mediterráneo mar a los principales puertos comerciales de aquel entonces de Venecia o Génova.
 
Después de la invasión islámica del Indostán y la unificación de toda la zona con la llegada del Imperio Mogol (musulmanes), estos itinerarios en gran parte marítimos se  sustituyeron por derroteros terrestres más seguros y menos arriesgados, creándose las "Rutas de Caravanas", desplazando los antiguos recorridos por otros que atravesaban el territorio de Rajasthán, convirtiéndose durante la Edad Media estos áridos territorios en lugares de significativo trasiego, en los que florecieron ciudades y fortalezas de importancia que protegían el comercio de enfrentamientos bélicos, piratas, salteadores o pugnas locales, generándose así mismo un potente desarrollo en las vías de comunicación. 

Ya no fueron solo especias las que circulaban por las nuevas vías de comunicación, sino todo tipo de mercancías. La población de Mandawa, encrucijada de las rutas del Rajasthán, situada al norte de Jaipur y Ajmer en pleno corazón de la región de Shekhawati, se convirtió en un lugar de trueque en la que se intercambiaba entre otros productos, la seda china por el opio afgano. Gracias a este prospero comercio se desarrolló enormemente, donde los potentados mercaderes construyeron fastuosas residencias "havelis" decoradas con vistosos colores, hoy casi abandonadas al desaparecer este característico transito de antaño y haberse trasladado el comercio fundamentalmente a los puertos de Bombay o Calcuta, hecho que sucedió en tantas otras poblaciones de todo este territorio, como confirmaremos en nuestros paseos por Bikaner, Jaisalmer, Jodhpur y Jaipur, verdaderos museos vivos de su pasado esplendor. 

Bikaner, encrucijada de la ruta de estas caravanas, fue el primer contacto con una ciudad del Rajasthán, la más importante de las situadas en el desierto de Thar, aunque en la actualidad es bastante más modesta que antaño. Es los tiempos de su mejor esplendor, a sus pobladores les gustaba deleitarse con los placeres terrenales, habiendo documentación escrita en la que se relaciona el abundante uso de opio y asha que en ella se consumía. El "asha" es un apreciado licor, elaborado con azafrán y rosas destiladas que le dan su característico color, al que se añaden perlas molidas, polvo de oro y plata, así como sesos de oveja o cabra, siendo muy apreciado por sus intensas cualidades afrodisiacas. 

Son afamados  sus camellos, contando con la granja más grande de Asia de estos rumiantes. 200 de estos, fueron entregados a los Británicos en 1842 para las campañas militares en Afganistán. Esto y los paisajes que estamos recorriendo, me hace rememorar la inolvidable película John Huston "El hombre que pudo reinar", interpretada magníficamente por Sean Connery y Michael Caine,  basada en el libro del nobel de literatura Rudyard Kipling. Sin duda una de las mejores films de aventuras, y que recomiendo a todo el mundo.  

En Bikaner, además de poder apreciar la arquitectura "raiput", visitamos el fuerte  Junagarh "Viejo Fuerte", el barrio donde se concentran los "havelis", su bazar lleno de actividad y el templo jainista de Bhandasar con su genuino gurú, al que alguien sacó parecido con Almodóvar. Sobre estos atrayentes lugares no me voy a entretener en pormenores, pues cualquier guía escrita los relacionara mucho mejor que yo, solo indicar que fue aquí, en esta ciudad, donde comenzó la india hacerse más patente y genuina, donde empezamos a ver aglomeraciones humanas, y  donde fuimos espectadores de platea sobre un gran atasco, justo en el enclave principal de la urbe, provocado por una vaca que con toda tranquilidad, sin ninguna molestia por parte del gentío y campando a sus anchas era la reina del trafico, sin que ningún conductor o viandante hiciera el menos atisbo de caso al guardia urbano que intentaba contralar aquella daliniana situación.   

En el ocaso de la tarde nos acercamos a cenar al recomendable The Laxmi Niwas Palace, el palacio del Maharajá, hoy convertido parte de él en hotel y restaurante, era la noche del  11 de septiembre, "Diada de Catalunya", día en el que los barretinos formaron la cadena humana por la independencia, entre Le Perthus y el Rio Sénia en la Plana de Vinaroz. En él nos encontramos con un grupo de catalanes (en el nuestro todos lo eran menos nosotros), la algarabía y los cantos dominaron por momentos el espacio del hermoso patio en donde nos situábamos, invitándome a participar con ellos del evento; la escena, fue para mí, no menos surrealista que la de la vaca, ya que uno no entiende muy bien de banderas y menos de fronteras. 

A unos 30 km. al sur de Bikaner se encuentra Desnouk. Conocida por el templo de Karni Mata habitado por ratas. Al entrar se las puede ver moviéndose en total libertad, ya que aquí se los considera animales sagrados. 

Las carreteras por estas zonas no están muy saturadas de tráfico, transitando perfectamente por ellas, no obstante las medias de nuestro conductor en el mejor de los casos, son de 50 km/h. llegando en algunos días de ruta por las montañas a ser de 30 km/h. Con este ritmo nos daba tiempo de sobra a extasiarnos de la vida cotidiana de sus gentes a través de las ventillas, observando escenas del campo y de las poblaciones por las que cruzábamos, comprobando que gran parte del tránsito rodado se debía a la multitud de peregrinos y peregrinajes que de continuo se realizan en este fervoroso país. Un día al comienzo de nuestra actividad habitual (dejarnos llevar por el conductor), nos sorprendió una pequeña aglomeración de circulación rodada, ni más ni menos que eran unos de esos romeros que se dirigían hacia algún lugar sagrado a entregar su ofrendas, pero de tan singular forma que todo viandante se paraba a contemplar la forma de hacerlo, en vez de caminar o en vehículos como el resto de los humanos, estos iban rodando por encima del asfalto solamente protegidos por una alfombra móvil que otros compañeros iban instalando y protegidos de la inclemente solana, por otro par de paisanos que con una especie de lona les facilitaba una compasiva sombra, a su alrededor otras tantos bailaban al son de la música, que emanaba desde unos enormes altavoces, soportados por un vehículo de no sé qué siglo, el cual les servía de apoyo. Surrealista la escena a más no poder, como tantas otras que a través de nuestro recorrido pudimos contemplar en este enorme y curioso país. 

Después de vivir esta dadaísta escena, llegamos a Jaisalmer "El Fuerte de la Colina de Jaisal". Totalmente amurallada con 99 torreones, se eleva a 35 mts. de altura sobre la colina de Trikuta, dominando desde sus almenas, troneras y barbacanas la ciudad baja y un gran panorama del árido Thar, en medio del cual se halla, donde entre callejas estrechas y sinuosas se halla la fortaleza y el palacio de los maharajás, en el alfeizar de su puerta, la siniestra imagen de las huellas de las manos de las mujeres que se arrojaban a la pira cuando sus maridos morían. La llamada Ciudad Dorada por el color de sus edificios que le da la arenisca amarilla, es uno de esos enclaves en los que parece haberse parado el reloj del tiempo, pero ha sido convertida en un parque temático de las compras, plagada e invadida de baratijas y quincallería, sobre el que este curioso viajero que os relata considera que no hay tanto turista para todo el género aquí expuesto, aun así atractiva y sugerente. En ella se puede encontrar alguna tranquila terraza en donde tomar un té o una correcta cena como la del  Lake View Restaurant, local del Hotel Surja, en  On Fort Kotari Para, o alguna otra desde la que contemplar los exquisitos relieves de los tejados y cúpulas del interesante complejo que forman los siete templos jainistas situados en medio de su casco antiguo. Uno de los momentos más emotivos lo vivimos aquí...................... era por la mañana, estábamos en el pequeño templo hindú de Lakshminath, donde un grupo no muy numeroso de feligreses, pero que colmaban el templo, realizaban una ofrenda "puya" muy especial entre canticos y alabanzas................... algo mágico envolvía el ambiente. 

Por la parte baja de la urbe, caminamos sus calles en busca de los "havelis", esos palacetes, con sus preciosas celosías, que construyeron los antiguos mercaderes de seda, y que ahora prácticamente abandonados son ocupados por gentes humildes que se dividen sus habitáculos por familias, toda vez que la legendaria Jaisalmer no es ni sombra de su esplendoroso pasado, ya que las rutas de antaño tampoco pasan por aquí, al igual que en Bikaner, condenadas ambas al olvido y al abandono. Nos acercamos a la orilla del lago Gadi Sagar, donde lugareños dan comida a los insaciables peces gato al pie de las escalinatas de sus templos, y esperamos la hora del crepúsculo para acercarnos a los "cenotafios" (mausoleos sin tumbas) de Vyas Chhatris, para desde ellos ver como el sol se despide del día en un lugar tan tranquilo y sereno como este, con excelentes vistas de la ciudad, custodiada por su magnífica fortaleza que durante casi novecientos años ha sido castigada y azotada por los vientos del desierto cercano.  

Otra de las tardes nos acercamos hasta la aldea de Khuri situada a 45 km. de Jaisalmer, para contemplar desde sus proximidades, en las dunas del este desolado paisaje de arenas, otro magnífico y colorido atardecer. Mientras llegaba la hora del ocaso paseamos por sus yermas calles, en las que se asientan viviendas de adobe con tejados de ramas, contemplando el trascurrir de estas menesterosas gentes y su vida cotidiana, en la que nos saludan pudorosas y recatadas mujeres que medio ocultan su rostro con traslucidos velos al vernos, siendo también recompensados con la algarabía de los niños a nuestro rededor, sus sonrisas y sus intensas miradas a través de esos enigmáticos ojos negros complementan estos instantes guardados en mi imaginación.  

Interesante es la leyenda que relata al origen del desierto de Thar: En los escritos del Ramayana, se señala que cuando el dios Rama tuvo que cruzar el océano con su ejército en busca de su esposa, raptada por rey demonio Ravana, decidió usar un arma de fuego para secar el inmenso mar. Todas las criaturas que habitaban en él asustadas por sus vidas le suplicaron que no lo hiciera. Pero era imposible convencerle, decidiendo disparar al mar distante; resultando ser ese mar el lugar en donde se encuentra actualmente el desierto de Thar. A pesar de que esta fabula es pura mitología, curioso es saber que en distintas excavaciones realizadas en este desierto, se han descubierto fósiles que indican la existencia de vida marina en el pasado.

Continuando nuestro transitar por estas baldías tierras llegamos a Jodhpur. Situada igualmente en el desierto de Thar, a mitad de camino entre Jaisalmer y Jaipur, en la estratégica ruta que comunicaba Delhi con Guyarat, beneficiándose durante el siglo XVI del próspero tráfico de opio, seda, cobre, café y dátiles que por ella trascurría. Pudiéndose todavía hoy sentir ese aroma del pasado en sus atiborrados bazares, así como en la cálida hospitalidad y simpatía de estas gentes del desierto. 

Se la conoce en la actualidad como la Ciudad Azul, por el color con que están pintadas de forma mayoritaria sus casas, que originariamente era utilizado por brahmanes en sus viviendas, extendiéndose posteriormente al resto de la población, porque se decía que ahuyentaba el intenso calor y los molestos mosquitos. Está dominada por la altiva y poderosa fortaleza de Mehrangarh, emblema de Jodhpur y uno de los mayores de la India, el cual recorrimos en súbita y efímera visita. A su entrada, también podemos apreciar el grabado que muestra las palmas de las manos representando a las doce viudas de un maharajá, que en 1845 se arrojaron a la pira funeraria de su difunto esposo. Dentro de sus fortificación se encuentra, entre otros múltiples edificios, el palacio de maharajá. La potente construcción domina el centro de la ciudad, ocupando 5 km. sobre una colina a 125 m de altura, orgullosa de no haber sido nunca conquistada. Sus murallas de de 36 mts. altura y 21 de ancho, han soportado innumerables asedios e incluso una guerra de cincuenta años con el Imperio Británico. En uno de sus patios, un camarero junto a una mesa repleta de refrescos nos propone si queremos tomar algo, manifestándonos, que para los foráneos son gratis, toda vez que pagamos una entrada mucho más cara y por ello el maharajá nos recompensa con un bebida. Desde sus baluartes, bajo nuestros pies, observamos unas increíble vistas de la ciudad y sus añiles tonos. En el distancia, la planicie da paso al desierto del Thar, una tierra árida, parajes antaño transitados por mercaderes con sus caravanas de camellos, algunos para comerciar y otros para acarrear especias. Sobre estos baluartes Aldous Huxley, absorto ante este visual espectáculo, subrayó en su diario, "… desde los bastiones del fuerte de Jodhpur uno oye cómo deben hacerlo los dioses desde el Olimpo, a quienes cada palabra pronunciada por el infinitamente habitado mundo de abajo llega de manera clara e individual para ser registrada en los libros de la sabiduría". 

Al atardecer, descendemos caminando hacia el barrio antiguo de la ciudad,  rodeado por una muralla de 10 km. Transitamos por un laberinto de sinuosas calles con la Torre del Reloj como centro neurálgico. Sus casas lucen sus fachadas de azul celeste, como si fuera un Belén de Navidad, paseamos entre la cotidianidad de sus gentes, cruzando calles, recorriendo bazares, saludando a hombres que charlan en las puertas de sus casas y sonriendo a mujeres de vistosos y coloridos saris, que desde sus ventanas observan como su universo inmediato trascurre a sus pies. La multitud abarrota los espacios y dificulta nuestros pasos a cada instante, bacas y cabras moran a sus anchas, pero el vigor y el espíritu de la urbe nos absorbe. Todo ocurre mientras el día se despide y la ciudad parece abrazarte con su ajetreo,.................. es como haber retrocedido en el tiempo a unos siglos atrás. 

Jodhpur es un lugar interesante para comprobar la calidad de sus coloridos saris, es también conocida por su laca, títeres, zapatillas de piel de camello y alfombras, donde adquirir te de buena calidad y encontrar todas las mágicas especias de India, pudiendo localizar todo tipo de productos en el Sardar Bazaar, un buen lugar para visitar, pasear y pasar el rato. Para degustar el famoso "pyaaz ki kachori" con su "chutney" de tamarindo y de postre los deliciosos "laddoos" o  un refrescante "lassi" como complemento perfecto de una cena Rajasthani, deberíamos acercarnos al Jharokha, restaurante del  Hotel Haveli, situado en Makrana Mohalla muy cerca de la Plaza del Reloj, con unas magnificas vistas de la fortaleza iluminada en la noche. 

Por carreteras de segundo nivel, camino de Pushkar, paramos en Merta, colorida y ajetreada población alejada del turismo, donde el sabor de la india se nos hizo más intenso y genuino. Polvo, gestos, miradas y sonrisas fueron nuestra compañía, durante nuestra corta estancia en ella mientras disfrutábamos de unos zumos recién elaborados de naranja con granada. 

Existe la creencia de que los dioses liberaron un cisne con una flor de loto en el pico, con el compromiso por parte de  Brama, el dios de cuatro cabezas, de que donde el ave dejara caer la flor haría un gran sacrificio, cayendo en la actual Púshkar, eso ha motivado que esta población sea una de las cinco ciudades más sagradas para los devotos hinduistas, siendo una de las ciudades más antiguas de la India, desconociéndose la fecha de su fundación. Asentada a orillas del Lago Púshkar, al que los peregrinos acuden para realizar sus baños rituales en alguno de sus 52 "ghats", que plenos de actividad y colorido circundan completamente la lamina de agua. Púshkar acoge infinidad de templos, el más afamado en el dedicado a Brahma que data del siglo XIV, existiendo muy pocos templos dedicados a este dios en todo el mundo, desarrollándose por las calles de sus alrededores sonoras, coloridas y festivas procesiones. También afamada por la Feria Anual del Camello, al que acuden camelleros desde cientos de kilómetros a la redonda, siendo muy populares durante su celebración entre los meses de octubre y noviembre las carreras de camellos que se llevan a cabo durante ella. Existe en su calle principal y más comercial, no muy lejos del lago un restaurante de comida española, "Laura's Café", el cual defrauda y no es por mi parte aconsejable. No así la localidad, en la que se puede sentir el ambiente de la india mas real y autentica.  

Camino de Jaipur, pasamos por Dudu para acercarnos hasta Lapodiya, pequeña aldea donde nos alojamos en la casa del Sr. Lakshman Singh, agradable y familiar lugar, pero en el que sufrimos un enorme calor durante nuestro merecido descanso nocturno. Nuestro anfitrión, nos enseño a la mañana siguiente, su  ingenioso y premiado sistema para recoger las aguas de lluvia, mediante unas charcas denominadas "chowkas", mejorando el aprovechamiento hídrico en el de regadío de tierras cultivables. Visitamos así mismo una cooperativa de mujeres que se autofinancia a base de microcréditos. Sentados en el suelo del poche de la casa de una de ellas, y engalanadas con sus áureos pendientes de aro en la nariz, nos explicaron su forma de funcionar, proporcionándose  prestamos unas a otras, como ayuda a su economía familiar. 

Jaipur, capital del Rajasthán, es apodada la "Ciudad Rosa" por el característico color de sus casas, aunque no siempre gozo de ese rosáceo matiz. Fue en 1883 con la visita de Alberto de Sajonia, consorte de la reina Victoria de Inglaterra, cuando se engalanó la ciudad de ese tono, conservándolo hasta hoy en día en que es ya obligatorio, creando una característica y personalidad propia que podemos comprobar en toda su parte antigua, donde sus fachadas con ventanales elaborados en celosía, dan un toque singular a esta urbe.   

Visitamos el City Palace (Palacio de la Ciudad), extraordinario complejo de edificaciones y patios construidos en arquitectura rajasthani y mogol, que ocupan la séptima parte del interior de la muralla de la vieja ciudad, en el que aun hoy en día parte de él sirve como residencia del maharajá. Es sin duda uno de los lugares imprescindibles de ver en Jaipur, y donde nos encontramos con un grupo de monjas de Teresa de Calcuta, con sus inconfundibles vestimentas............ completando con ellas la colección de atuendos religiosos en nuestro periplo hindú.  

Muy próximo al palacio se halla Jantar Mantar, el Observatorio Astronómico mandado construir en 1716 por Jai Singh II y modelo de precisión para su época. No se trata de un edificio en sí, ni se encuentra en el interior de un edificio, más bien es como un parque urbano lleno de sorprendentes y enormes construcciones astrales: relojes de sol, astrolabios, esferas armilares, estructuras zodiacales, etc.,  todas de un formidable tamaño. 

El Maharajá Sawai Jai Singh II, nació el 3 de noviembre de 1688, un año después de la publicación de los Principios de Newton, accediendo al trono con tan solo 11 años, compaginando sus estudios y formación con los de la gobernanza. Guerrero, diplomático, culto, erudito y gran aficionado a la arquitectura y a las ciencias, en especial a la astronomía, mando construir 5 observatorios similares al de Jaipur por toda la India (Delhi, Benarés, Ujjain, Mathura y Jaipur). Conocía y había estudiado las obras de Newton, de John Flamsteed y Domenico Cassini, creando una edad de oro en las artes, el urbanismo y la arquitectura, fundando en 1728 la ciudad de Jaipur, sobre novedoso, simétrico y astral diseño. 

Por detrás del observatorio, casi en la esquina de las calles donde se sitúa el bazar Tripolia y Hawa Majal road, se encuentra el famoso y afamado  Palacio de los Vientos, "Hawa Majal", uno de los símbolos de Jaipur e imagen que encontraremos en todos los quioscos de postales. Tras franquear unos hermosos patios que se encuentran es su trasera, accedemos a un  edificio de cinco pisos; los dos superiores, más estrechos, dibujan la cola de un pavo real, uno de los animales que en la India tiene un valor simbólico. Es apenas una curiosa y bonita portada de trabajadas celosías en rosa y blanco, por donde las damas y esposas  del maharajá, para las que fue construido, podían observar el exterior sin ser vistas a través de sus numerosos miradores repletos de casi un millar de ventanas. Para unos impresionante y majestuoso, a mi me dejo una sensación de cierta decepción, permaneciendo en mi retina los "havelis" de  Jaisalmer y sus laboradas fachadas, me parecieron mas autenticas; este repintado y perifollo edificio, se me asemejó más a una tramoya de película.   

A pocos pasos se sitúa el Ishwari Minar Swarga Sal (Isar Lat), elevado  minarete y uno de los puntos de referencia más importantes de la ciudad. Erigido para dominar toda ella en 1749 por Sawai Ishwari Singh, hijo de Jai Singh II (el que construyó el observatorio astronómico), para conmemorar la victoria frente a su hermanastro Madho Singh I. Está situado cerca de la Puerta Tripolia, una de las siete curiosas y magníficas puertas que tiene la muralla que rodea la ciudad antigua. La entrada se encuentra por la parte de atrás siguiendo un callejón unos 50 metros, siendo posible subir hasta su cúspide, desde donde se pueden obtener unas estupendas vistas de la ciudad y de los alrededores de Jaipur. Pero al que no pudimos ascender por estar en obras, no obstante, a notar nuestra decepción ante este  hecho, un piadoso y gentil ciudadano se nos ofreció a enseñárnoslo desde la terraza de un templo hindú situado enfrente, en Tripolia Bazar. 

Recorremos sus animados bazares, hasta llegar al aconsejable restaurante LMB (Laxmi Mishthaan Bhandar), situado en Johari Bazar road, donde comer su bien preparada comida vegetariana, lograda a través de correctas recetas hindús. En la tarde paseamos tranquilamente a "nuestra bola", sin someternos a la disciplina grupal, dejándonos cautivar y perder por esta ciudad rebosante de vida, actividad y color. Llegando hasta  Mirza Ismail (ML) road, con sus joyerías, tiendas de marca internacional y boutiques de moda, como si tal cual camináramos por las madrileñas Serrano u Ortega y Gasset. Encontramos un sitio para tomar una cerveza, complicada y no muy fácil labor en esta ciudad, era la cafetería del Hotel Imperial, el lugar no podía ser de lo mas sicodélico y extraño, ni una sola mujer había es su oscuro interior, solo alumbrado por tenues neones de intenso azul y rojo, como si se tratara de un "lucecitas" de carretera, pero con las luminarias dentro. A pocos pasos de este antro, se ubica Raj Mandir, el más grande, ostentoso y famoso cinema del país, como un merengue rosa, hortera a más no poder, donde visionamos una de esas interminables películas románticas y bailonas de Bollywood, donde cada beso es una algarabía de gritos y aplausos, subiéndose a las butacas los espectadores locales, al mínimo atisbo sugerente de la proyección........................ todo un espectáculo, mucho más que el propio filme. 

En las cercanías de Jaipur, a tan solo 11 km. se encuentra la población de Amber y su grandiosa fortaleza, a la que también llegamos pillados de tiempo y de la que pudimos recorrer sus dependencias mientras el sol comenzaba a esconderse por detrás de los cerros de su alrededor. El Fuerte Amber domina desde un altozano la pequeña localidad a la orilla de un ajardinado lago, una ciudad que se muestra blanca y azul sobre la boca de una rocosa garganta, al abrigo de tres colinas, a través de las cuales los rayos del sol tan sólo consiguen colarse por turnos. Ya en pleno atardecer descendimos entre grupos de monos hasta la aldea, en la que visitamos el baori  (pozo de agua) de Panna Meena ka Kund,  junto a un grupo de jóvenes que jugaban al críquet, deporte nacional en India. 

Ya en la oscuridad de la tarde avanzada y tras un breve recorrido en autocar conseguimos llegar hasta Nahargarh Fort, para ver Jaipur desde la altura y en la noche. Tomando plácidamente unas cervezas en su terraza, oyendo bajo de nosotros el ajetreo de la ciudad y los canticos fervorosos de los hindús; mientras a nuestra espalda, parte del grupo discutía sobre la propina que había que dar al chofer del autocar y su ayudante, a los que solo por llegar hasta aquí desde el Fuerte Amber, arañando el vehículo con la vegetación de los arboles de la carretera y por la atención que hacia nosotros tuvieron durante todo el viaje, se la tenían con creces ganada................, pero la pelaaaaaaaa, es la pelaaaaaaaaaaaaa. 
 
 
Rajasthán  es un país dentro de otro, un mundo árido y dulce a la vez, lleno de color y escenas irrepetibles, con gentes humildes devotas de sus dioses, un lugar donde el tiempo parece detenido hace cientos de años................... donde el viajero al recorrerlo parece estar viviendo la realidad del cuento de Las Mil y una Noches.

3 comentarios:

Candelaria Príncipe dijo...

Increíble el sitio y las fotos. Me han gustado un montón. Un beso

Anónimo dijo...

Hace unos años tambien pude disfrutar de ese pais. Seguramente no tanto ni tan intensamente como tu. Magnifico pais q no deja indiferente a nadie

Carmen 17 dijo...

Muchas gracias por el calendario 2014 a toda la familia Font Moreno!
Ya estábamos perdidas en el taller sin él, en estos primeros días de enero.
¡Es precioso! ¡Qué buen viaje!