lunes, 29 de enero de 2018

- Wai-O-Tapu…… sus colores, Tongariro……. sus volcanes (Nueva Zelanda)

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Despidiéndonos de la población de Rotorua y su característico olor a huevo podrido (emanaciones de azufre) que nos ha acompañado permanentemente durante los dos días que por aquí hemos estado, nos dirigimos de forma irrefutable e incuestionable hacia el sur……. siempre al sur. 

Hemos entrado en una de las zonas sísmicas más importantes del país ya que Nueva Zelanda se asienta sobre dos placas tectónicas, la Pacífica y la Australiana, además de formar parte del cinturón de fuego del pacifico. La isla Norte y algunas partes de la isla Sur descansan sobre la placa Australiana, mientras que el resto de la isla meridional descansa en la Pacífica. Debido a que estas placas están continuamente en movimiento estos territorios generan mucha actividad telúrica, y donde estamos situados, el centro de la isla Norte, un pedazo de la corteza terrestre se está deslizando lentamente debajo del otro, lo que genera enormes cantidades de calor subterráneo activo y actividad volcánica, siendo en este lugar donde se ubica una potente meseta volcánica, con una fogosa área térmica muy activa. Sirve como demostración el poder observar sin mucha dificultad como sale humo de la tierra seca, así como ver lagunas de agua hirviendo, fuentes de barro burbujeante o géiseres que superan la veintena de metros en plena eclosión. Proporcionando esta actividad subterránea al país espectaculares áreas geotérmicas y relajantes aguas termales, además de proporcionar electricidad y calefacción a algunos lugares.  

Pero no es así todo el territorio, estando estas actividades geológicas centralizadas en lugares determinadas, sitios por donde las poderosas fuerzas interiores del planeta salen al exterior, siendo estos espectaculares espacios los principales polos de atracción de los visitantes que hasta aquí nos acercamos. A unos 25 km. de Rotorua se sitúa Waimangu, un valle hidrotermal volcánico generado tras la erupción del Tarawera en el año 1886, siendo por lo tanto uno de los pocos sitios de este tipo en el que se conoce la edad exacta del lugar. 

Wai-O-Tapu
Otro de los lugares interesantes que nosotros visitamos con gran interés es Wai-O-Tapu (Agua Sagrada en maorí), un serpenteante paseo entre vegetación recorriendo un verdadero espectáculo de coloridas aguas en medio de unos sorprendentes paisajes, que conforman uno de los parques geotérmicos más impresionantes y surrealistas de todo el país.
 
Ocupa una extensión de 8 kilómetros cuadrados, transitando por varios caminos que conforman un circuito, pasando por burbujeantes cráteres, lagunas de aguas con las tonalidades más sorprendentes: intensos verdes, amarillos, rojos, anaranjados, donde todo lo amarillo son depósitos de sulfuro, algunos barros muy oscuros contienen grafito y petróleo crudo, conteniendo las mas grisáceos sílice, las piletas de fondo naranja tienen una concentración muy alta de antimonio, y el violeta es manganeso.   
 
Todo esto conforma un espacio en medio de manantiales, fumarolas, bocas volcánicas de amarillo intenso (azufre) y así como piscinas de lodo y agua hirviendo, a los que se les han puesto sugerentes nombres: Champagne Pool (Piscina de Champange), Devil´s Bath (Morada del diablo), Rainbow Crater (Cráter Arco Iris), Thunder Cráter (Cráter del trueno) o Artist´s Palette (Paleta del artista). Un lugar imprescindible de ser visitado, y catalogado con algo de exageración como uno de los 20 espacios más surrealistas del planeta. 

En la zona, pero separado aproximadamente 1,5 km. del recorrido principal de Wai-O-Tapu, también se puede observar un géiser, el conocido como Lady Knox, pero más que un fenómeno natural geológico, es un espectáculo circense con su graderío y todo. Está programado para que eclosione a las 10,15 (hora exacta) todos los días, forzando su emanación con productos químicos y jabones a través de su embocadura. Un ejemplo más de esa naturaleza controlada de Nueva Zelanda. 

Camino del gran lago Taupo, y poco antes de llegar a su costa norte donde se sitúa la población también con el nombre de Taupo, nos desviamos para admirar como el desagüe de la gran lamina de agua (el lago más grande del país) que forma el rio Waikato, se estrecha en una especie de desfiladero, provocando unos potentes rápidos y una impetuosa cascada que se puede observe desde sus proximidades a través de unos senderos acondicionados. La catarata de Huka, se forman cuando el río, que normalmente tiene unos 100 metros de anchura, se estrecha por un desfiladero de poco más de 20 y por una caída de otros 20, por la se precipita un volumen de más 220.000 litros por segundo. Todo ello en medio de una frondosa vegetación y el intenso azul turquesa de las aguas, nos genera una sensación que se sitúa entre la serenidad y la fiereza. 
 
Nos dirigimos continuando hacia el sur hasta el Parque Nacional de Tongariro, la zona volcánica más importante y sugerente de toda Nueva Zelanda. Conforme avanzamos, observamos cómo va cambiando totalmente de escenario paisajístico, viendo los picos nevados que conforman este mágico complejo de cónicas montañas formadas por escorias y cráteres. Nos estamos acercando a la inmensidad de la naturaleza neozelandesa, lugar sagrado para los maoríes y el Parque Nacional más antiguo del país (cuarto en el mundo). Lagos color esmeralda, prados alpinos y fuentes termales, rodean los volcanes más grandes de la isla Norte, ofreciendo un ambiente de asombrosa diversidad, dentro de algunos de los paisajes más sugerentes y con mayor contraste de todo el país. 

Los incondicionales admiradores del la trilogía del "Señor de los Añillos" escrita por John Ronald Reuel Tolkien, y que posteriormente trasladó al cine el neozelandés Peter Jackson en el año 2000, podrán ver en estos paisajes las escenas más sugerentes de las películas. Pues se trata de los entornos donde Frodo y Sam encuentran a Gollum, siendo el volcán Ngauruhoe con su forma de cono, el que tuvo el honor de representar a la tierra de Mordor y Emyn Muil en la famosa trilogía cinematográfica de "El Señor de los Anillos", así como el lugar donde Frodo lanza el anillo del destino para que se funda en la lava. Un asombroso lugar para descubrir, donde nada hay que envidiar de la ciencia ficción, pues lo real cuando es llamativo e insinuante nos llega a impactar aun más intensidad.  

El visionar desde la carretera estas montañas al aproximarnos a ellas, ya es en sí un verdadero espectáculo, pues es, como entrar en otro planeta. Abandonamos las verdes colinas que nos han acompañado desde Auckland, comenzando a percibir un nuevo entorno de un intenso color naranja que nos puede llegar a enganchar.  

Estos territorios fueron cedidos a la nación por el jefe maorí Te Heuheu Tukino IV (Horonuku) en 1887; con el fin de prevenir la explotación de las montañas por parte de inmigrantes europeos; teniendo por aquella época 26 kilómetros cuadrados y estando comprendidos sus límites únicamente a los tres principales volcanes. Afortunadamente en las décadas siguientes el parque fue incrementando su extensión hasta los casi 800 km2 que hoy posee, habiéndose ganado el mérito de pertenecer a los lugares declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.  
 
Las montañas de este parque nacional tienen un profundo significado espiritual para el pueblo maorí. Trasladándonos una antigua leyenda, que el sumo sacerdote Ngatoroirangi se congelaba durante una tormenta de nieve mientras exploraba el Tongariro invocando a Hawaiki, la tierra natal polinesia de los maoríes, para obtener fuego. Su oración fue respondida a través del canal que ahora llamamos "Cinturón de Fuego del Pacífico" y la montaña hizo erupción.  

Los volcanes Tongariro, Ngauruhoe y Ruapehu (uno de los más activos del país)  se encuentran al final de una larga cadena de volcanes de 2.500 km. de longitud, bajo de los cuales se asienta la placa tectónica, provocando que sean muy activos, habiéndose producido su última actividad en agosto de 1012 cuando entró en erupción el Tongariro. Estos montes ostentan gran tamaño, y su perfil a 2797, 2291 y 1968 destacan sobre manera en el horizonte, siendo la belleza, el misticismo y la geología del Parque Nacional Tongariro, motivos suficientes para situar algunas de las escenas más impresionantes, dramáticas y claves en la historia del pequeño héroe Hobbitiano. Siendo exactamente las abandonadas laderas del volcán Ngauruhoe y sus alrededores (el camino utilizado por Frodo Bolsón en las oscuras tierras de Mordor) donde se realiza una de las más populares caminatas de montaña de estas islas de pacifico sur, el "Tongariro Alpine Crossing". 

Tongariro Alpine Crossing
Un sendero que atraviesa los surrealistas terrenos de las laderas de los tres volcanes, recorriendo sugerentes paisajes volcánicos a través de cráteres humeantes, rojas rocas, ríos de lava y lagos termales de aguas turquesas, así como bellas vistas del lago Taupo, las Kaimanawa Ranges y los montes Taranaki y Ngauruhoe, convirtiendo a este paseo en una actividad inolvidable.
 
Una de las experiencias inolvidables de la isla Norte y uno de los mejores trekkings de toda Nueva Zelanda, al que se le calcula en 70.000 el número de excursionistas al año que lo realizan cada verano. 
 
La ruta discurre entre volcanes ofreciéndonos unas vistas increíbles, pudiéndonos asomar al cráter rojo, ver antiguas coladas de lava, pasar inigualables por lagos de intensos y desiguales colores, cruzar llanuras donde nos llevará el viento y hasta atravesar un bosque por el que es mejor no parar por si nos arrastra el agua. Todo esto en un sólo día, recorriendo los 20 km. por una senda que nos llevara entre 5,5 y 7,5 horas, con dos fuerte repechos. No siendo de excesiva dureza pero sí que algo exigente, ya que casi hay que superar los 1.000 m. de desnivel con un perfil piramidal, donde el mayor esfuerzo se encuentra a mitad del trazado, transitando por terrenos bastantes activos geológicamente, toda vez que desde 1839 en sus alrededores ha habido unas 70 erupciones (siendo espectacular la de 1995).

 
El punto más alto es el Cráter Rojo a 1.886 m. que formado hace 3.000 es lugar con espectaculares vistas del valle de Oturere, el desierto de Rangipo y las sugerentes lagunas Esmeralda (Emerald Lakes) a nuestros pies, a las que deberemos dirigirnos en fuerte y escabroso descenso, durante el cual nos alcanza el fuerte olor a azufre producido por los minerales que emanan de sus aguas verde-amarillentas. La última lámina de agua antes de empezar el descenso definitivo es Laguna Azul (Blue Lake), de aguas calmas, frías y ácidas. El sendero zigzaguea hacia el refugio de Ketetahi que divisamos bajo nosotros, y como el día es bueno vemos en la lejanía el lago Taupo de fondo y el lago Rotoaira en primer plano, ya solo nos queda algo más de una hora para finalizar nuestro recorrido por estas descarnadas  y ásperas tierras.  

Hemos realizado una original travesía por estas latitudes, que sin querer comparar; pues caeríamos en el eufemismo de "para los gustos, los colores"; con la Ruta de los Volcanes" de nuestra isla La Palma, nos introduce a los paisajes de las "Crónicas Marcianas", que allá por los años 50 del pasado siglo nos trasladase en sus escritos el americano del norte Ray Brandbury.  
 
Con la silueta del monte Ruapehu entre la luna al atardecer, nos dirigimos a la estación del ferrocarril de la población de National Park lugar donde nos regalamos, en su elegante restaurante, con una merecida y agradable cena, regada con uno de esos sorprendentes (para bien) vinos blancos de por estas tierras. 

Madrugamos para continuar…….. siempre al meridión, camino de Wellington, la capital más meridional del mundo. Afamada por su pintoresco puerto natural y sus verdes colinas salpicadas con casas coloniales, y conocida también como la ciudad del viento. La capital de Nueva Zelanda es también un hervidero cultural lleno de museos, galerías, teatros y eventos importantes. Es además el centro de la industria cinematográfica del país. El director Peter Jackson o el actor Russell Crowne son dos de los wellingtonianos más conocidos. Su Jardín Botánico, al que se asciende en un chulo funicular y se desciende por un bucólico cementerio del siglo XIX, puede considerarse como el mejor de todo el país. El monte Victoria y el ambiente callejero de su centro histórico bien valen entretenerse un rato por ellos, antes de coger el ferri que cruzando el estrecho de Cook y el bello fiordos de Malbourough, que nos depositara en la población de Picton, ya en la isla Sur, pero eso ya forma parte de otro capítulo que verá su luz próximamente.
 
 

miércoles, 24 de enero de 2018

- Nueva Zelanda…… por los mares del Sur

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Perdidas en medio de los inmensos mares del pacifico sur, estas tierras situadas a tan solo 2.500 km. de las costas antárticas y a 2.000 de las australianas, estuvieron libres de la influencia humana hasta mediados del siglo XIII, cuando llegaros los polinesios a colonizarlas, denominándose desde entonces sus primeros habitantes "Maorís". Hawaiki es la mítica isla donde los polinesios sitúan su origen, relacionando su nombre con los de las islas Hawai‘i, o Savai’i, en Samoa, aunque Stephenson Percy Smith (1840 – 1922), famoso etnólogo neozelandés, en su libro Hawaiki, the original homeland of the Maori (1908) sugiere la localización de Hawaiki en Java. Siendo precisamente los maorís neozelandeses quienes todavía hablan acerca de haber llegado hace mucho tiempo, desde la isla Hawaiki que se estaba hundiendo, un inmenso y montañoso lugar al otro lado del agua. Las antiguas leyendas nos trasladan que la legendaria Hawaiki está situada al oeste, siendo el punto de partida desde donde se iniciaron las migraciones hacia otras tierras, entre ellas Aotearoa (Nueva Zelanda). Realizándose en siete barcas, siendo estas quienes fundaron las siete tribus originarias. Muchas culturas desde todas partes del Océano Pacífico hacen referencia a esta mítica tierra. Las leyendas de la Isla de Pascua hablan de Hiva, que se hundió bajo las olas mientras que los habitantes huyeron.  

Posteriormente, ya en los siglos XV y XVI, comenzaron a llegar los europeos con sus ansias de rapiña, siendo el holandés Abel Tasman y el británico James Cook de los primeros en acercarse a sus costas. El primeo de ellos, que llegó junto  su tripulación a finales del año 1642, solo le dio tiempo a cartografiar algunas costas y salir de najas, pues los indígenas querían comérselos guisados. Luego, ya en septiembre de 1769, llegó a estas islas el capitán Cook, quien ya con esa forma de hacer de los "británicos", vieron que había negocio y decidieron quedarse. 



Son el punto terráqueo más apartado de nuestras mediterráneas latitudes, tierras situadas justo en las antípodas de la Europa occidental a la que nos han adscrito, no pudiendo elegir otro lugar más alejado del planeta para viajar. Pues hasta allí hemos ido a colocar nuestras posaderas, y a que sean recorridos sus caminos por nuestras botas. Espacios muy diferentes a los de por aquí y no solo eso, nuevas forma de vida y de concebir el mundo, diferentes culturas y entendederas…… vamos, algo raros para nuestro razonar, pero buenas personas. 

Tierras australes impregnadas con las culturas de la norteña y fría Europa, que ocupada por piadosas y puritanas gentes, ha generado que sus poblaciones por lo general sean tranquilas, hasta el punto de poder llegar aburrir, pues esa forma de ser generada a través de sus normas, hace que a las 6 de la tarde en pleno verano austral y navidades, cuando aun es de día a las 10 de la noche, prácticamente todo esté cerrado y estén las calles inexplicablemente vacías, convirtiéndose sus ciudades en mortuorios paisajes urbanos. 

Estos dominios, aislados por el tiempo y la distancia, han generado una vigorosa naturaleza, que salvo por las enormes roturaciones de gran parte de sus poderosas masas forestales en la consecución de pastos para la potente cabaña de ganado que poseen (en un país de 4,750.000 habitantes, hay unos 10, 5 millones de cabezas de ganado bovino, y unos 50 millones de ovejas pastan en sus tierras, produciendo carne y lana de alta calidad). Naturaleza que se siente bien cuidada, diría que en exceso, pues para mi gusto esta expresión de la pureza del planeta no tiene que estar tan dispuesta al gusto del consumidor, ni estar envuelta en papel de celofán con lazo rosa……… son simples exageraciones metafóricas mías. Pero si que algo de ello hay: excesos en las señalizaciones de las aéreas, excesos en las pasarelas de los caminos, de las barandillas, de los servicios sanitarios (retretes) en plena natura………. todo milimetrado, medido, controlado………. sin ningún margen a la perdida y la aventura…… todo típicamente "sajón", limpio y pulcro. 

Con una superficie total de 267.000 km2. equivalente a la mitad de España, estos territorios están conformados por dos grandes islas, a las que se conoce como "Norte" y "Sur", fácil por lo tanto su ubicación sin más explicaciones. Pero si que diferenciadas, tanto por su climatología; la del norte es más cálida y menos húmeda, la del sur mas lluviosa y montañosa; como por su demografía; la del sur, aunque más grande, está la mitad de deshabitada. Así como por la actividad volcánica y telúrica, siendo importantes estos movimientos sísmicos en la isla septentrina, y poco llamativos en la isla del meridión. 

Este es el país que hemos decidido recorrer este año durante casi un mes y que después, por avatares del destino, se prolongó algo más de ese mes previsto, pero eso ya lo contare algo más adelante, en otro de los cuatro  capítulos previsto para estos insulares territorios. 



Comenzamos nuestro periplo por la isla Norte y su ciudad mas importante, que no su capital. Auckland (1.100.000 habitantes, la cuarta parte del país), es activa y cosmopolita, con una trama urbana de casas en baja altura como todo el resto de las ciudades del país, pero que aquí, quieren trasformar en el Manhattan de los Mares del Sur, por ello, si paseamos próximos al puesto, podremos comprobar cómo todo se centra en la construcción de altivos edilicios, que parecen competir unos con otros, no solamente en altura, sino también en los reflejos de sus cristales. Una mega-ciudad, pero que se deja pasear a esas horas de la mañana en el que el sol tiene una luz especial. Es en ella donde ya comprobamos esa actividad eruptiva de esta isla, visitando el Monte Eden, uno de los 48 pequeños y extintos cráteres volcánicos que existen en las proximidades de la ciudad, y que hoy han sido convertidos en espacios de ocio, recreo y naturaleza.  

En Nueva Zelanda es complicado comer decentemente, pero uno de los sitios que encontramos para hacerlo fue en esta ciudad y muy cerca del centro, de la Sky Tower y de donde estábamos alojados. Se trata de "Elliott Stables" en Elliott Street, 39 - 41, una especie de patio interior cubierto y con mesas, donde se pueden pedir cualquier cosa para comer o tomar, desde calamares fritos a salmón, hamburguesas y carne en trozo, ensaladas y pasta, bien regado todo de cerveza, en cualquiera de los 14 restaurantes que lo rodean. Un lugar agradable y no caro. 

Partimos hacia el norte, cruzando el puente de Auckland, y pudiendo observar su puerto marítimo-recreativo por el que la urbe es conocida como la "Ciudad de las velas". Y hacemos algunas paradas en playas y lugares de cierto interés por su ubicación, como es el caso de la reserva de Mangawhai Head, una loma cubierta de exuberante vegetación con unas sugerentes vistas de una hermosa y tranquila playa. 

Siguiendo nuestro recorrido por la costa este del Northland neozelandés el norte del norte, nos acercamos a la población de Whangarei donde, en sus alrededores realizamos, un bucólico paseo a la orilla del río Hatea y por un bosque de "kauris" (soberbios, interesantes y centenarios árboles de estas latitudes), hasta llegar a las cataratas Whangarei y disfrutar de su no menos agradable visión.

Llegando a la población de Paihia, donde dedicaremos un día completo para navegar entre las casi 500 islas e islotes que forman la "Bay of Island" (Bahía de las Islas), una gran área de unos 260 km2 (30 x2 0 km.) entre el cabo Brett y la península de Purerua, donde atravesamos el espectacular "Hole in the Rock" (Agujero en la Roca) en la pequeña la isla Piercy. Fue en esta bahía, donde el bizarro capitán Cook hizo escala en 1769 con su navío Endevour, pero dispuso no anclar mucho tiempo su barco, temeroso de la reacción de los maorís de la zona, temeroso de tener el mismo destino del explorador francés Marion du Fresne en 1772, que juntamente con 26 miembros de su tripulación fueron hechos muertos, sufriendo canibalismo. 

Conoceremos algo de la cultura maorí a través de un espectáculo folclórico-festivo, al visitar el lugar donde se firmó el 6 de febrero de 1840, en nueve hojas separadas y por más de 500 jefes maorís y los representantes del gobierno británico, el tratado de Waitangi. Hoy este documento es considerado como punto fundacional de Nueva Zelanda como nación. 

No muy lejos del lugar, parte un animoso sendero que tras recorrer la desembocadura del rio Waitangi y pasar por unos mangare, llegar en unos 6 km. hasta las cascadas Haruru. Un agradable paseo para terminar un intenso día. 

No nos da tiempo, ni está programado el visitar la punta más al norte y mágica de toda Nueva Zelanda, el cabo Reinga, de donde parten las almas de los muertos hacia Hawaiki, lugar de origen ancestral de los pobladores maoríes. Menos tiempo todavía para retornar por la inhóspita costa Oeste, recorriendo la solitaria Playa de las Noventa Millas y visitando los impresionantes y milenarios bosques de Kauris y la Kauri Coast,  no sé si lo que me queda por ver del planeta, me dará para volver a estos lugares de las antípodas…. dúdolo. 
 
 
Tomado ya definitivamente dirección sur y cruzando de nuevo Auckland, en un día gris plomizo y tristón que barruntaba lluvia, llegamos a Hamilton transitando prácticamente por valle del rio Waikato, el más largo del país con 425 km. de recorrido. Urbe fundamentalmente lechera, Hamilton no tiene el mayor interés, solo unos temáticos Jardines Botánicos, que ni siquiera son de los mejores del país, dedicando el poco tiempo disponible para comer algo y hacer una visita rápida a estos parterres. 
 
Continuando nuestro recorrido hasta la cuidad de Rotorua, donde entramos en plena zona geotérmica y volcánica, que se extiende desde la isla White hasta la costa de Bay of Plenty y el monte Ruapehu en el centro de la Isla Norte. Nada más entrar ya nos podemos dar cuenta de ello, observando cómo sale humo en las calles, entre las casas, en las vallas que separan a vecinos o en los parques en medio de la vegetación. Unos humos que nos parece como vapor de agua, pero que si que nos confirman que algo por debajo de la corteza terrestre aquí está ocurriendo. Rotorua, es una población agradable y bastante bien dimensionada, en la que se pueden recorrer caminando prácticamente sus lugares más interesantes: un curioso centro de conservación y reproducción de "Kiwis", donde conocimos a una mujer que nos supo trasladar su amor por estas pequeñas y frágiles aves en peligro de extinción, el bosque de Whakarewarewa con sus introducidas y potentes secuoyas rojas o secuoyas de California entre las que paseamos, su Centro Urbano (administrativo y comercial), el bonito edificio donde se sitúa el Museo (del siglo XX, que está en restauración por un reciente terremoto) y las próximas calderas que emiten gases, el recorrido por la orilla del lago al noreste de la población o la interesante área termal de Kuirau Park a la entrada de la urbe. Y para terminar otro espectáculo folclórico-festivo maorí, con cena incluida (guisada o asada bajo tierra), pero con muy buen recuerdo del condumio, estaba bastante buena.
 
La próxima entrega por tierras neozelandesas estará dedicada a las zonas geo-termales de Waimangu y Wai-O-Tapu, así como a los volcanes del Tongariro y su afamado trekking "Tongariro Alpine Crossing", que seguro os gustarán.

jueves, 27 de julio de 2017

- Arribes del Duero

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La frontera, imaginaria línea que divide a España de Portugal, entre las provincias de Zamora (comarca de Sayago) y Salamanca (comarca de La Ribera) en el lado hispano y Tras os Montes en el lado luso, no es nada más que una planicie rajada a cuajo como una cuchillada, por la erosión del rio nacido en tierras sorianas, el Duero. Como nos cuenta Víctor Manuel Casas en su libro-guía sobre los Arribes del Duero, "primero llegó el granito, luego el agua y después, sin prisa, el tiempo", siendo el producto de esta mezcolanza las magníficas barrancas que pretenderemos visitar. Siendo el río su principal protagonista creando un entorno de caprichosa naturaleza, con sus profundos y encajonados barrancos en medio de inaccesibles farallones de granito. Pasear por estas tierras es como recorrer la costa cantábrica por sus acantilados, pero con el añadido de tener enfrente, a solo un centenar de metros, otra orilla casi idéntica, con la serena lámina de agua bajo nuestros pies. 

Estas austeras y activas tierras del uno y otro lado de "La Raya", como algunos lugareños la llaman, fueron pobladas desde tiempos pretéritos que se pierden en la noche de los tempos. Habitada en una y otra rivera los las tribus precelticas de "vettones" y "zoelas", formaron posteriormente parte de la provincia Lusitana del Imperio Romano. En el decaimiento de este y la posterior invasión morisca, estas tierras pronto fueron reclamo de reconquista por parte cristiana, formando parte del reino de León, y ya a finales del siglo XI y principios de XII, con la creación del reino de Portugal, se estableció la frontera entre ambos feudos. Divisoria que pasa por ser una de las más estables y antiguas del mundo, aunque por los avatares históricos ha separado más que unido, siendo estos últimos años, ante la integración de sendos países en la U.E. cuando los miedos y los resquemores se han ido superando, siendo en la actualidad su problema, la despoblación.  

Al no existir pasos terrestres por la inexistencia de puentes entre ambas riberas, y estar las comarcas de uno y otro lado al margen histórico de las principales vías de comunicación, los cruces de una a otra rivera se realizaban en barcas, muchas de ellas propiedad del clero y otras de municipios, que con relativa normalidad realizaban el trasporte de personas y mercancías entre las dos orillas. Al margen de estas, existían otras embarcaciones que operaban o traficaban ilegalmente realizando contrabando; en especial café, sal, paños y tabaco; un fenómeno lógico de frontera, que por esta zona está perfectamente documentado desde muy antiguas épocas, pero que sirvió para el sustento económico de estas gentes.  

En el paraje conocido como las Pajarancas, un poco antes de su unión con el río Esla, comienzan los Arribes de Duero, concretamente en la Presa del Porvenir de Zamora o de San Román, como también se la conoce, segunda de las construidas en este país para el aprovechamiento eléctrico (1902). Recibiendo su nombre por estar situada próxima a la zamorana población con el apodo de este santo sirio de principios del siglo IV, al que le fue cortada la lengua para que no predicase, pero hete aquí que por cabezonería frente a los romanos consiguió seguir haciéndolo. Es lo mismo que le pasó a nuestro río, que por pura tenacidad fue abriéndose paso por las rocas, hasta conseguir la dirección que se había propuesto.  

San Román se halla ubicada a tan solo 7 km. al norte de Pereruela, afamada población por su buenísima alfarería en la elaboración de cazuelas para asar en los hornos castellanos. El Duero discurre por este lugar a 617 m. de altitud, situándose a tan solo 150 m. en la lusitana y fronteriza población de Barca d´ Alva, donde terminan los Arribes, después de haber recorrido unos 200 km. (descendiendo una media de 4 m. por kilometro) y donde ya es plenamente portugués, conformando el mayor cañón de Europa. Pero aun le quedan otros 200, por los mágicos paisajes repletos de aterrazados viñedos, hasta desembocar al Atlántico poco después de atravesar Oporto. 

Continuamos en dirección a Bragança, pero nos tenemos que desviar para ver una de las obras de ingeniería en hierro más sorprendentes de principios del siglo XX. Se trata del Puente de Requejo (nombre del político de aquellos años que lo hizo posible), pero más conocido como Puente de Pino o de Villadepera, dependiendo de la población en la que preguntes, la de un lado o la de otro. Situado sobre las aguas del Duero para unir las comarcas zamoranas de Sayago y Aliste, en un solitario del lugar por donde ya cruzaban los romanos del imperio. Fue su época (1914), el puente de mayor altura, 90 m. y el de mayor luz, 120 m. levantado sobre un sobre río en toda España. 

Llegados a Bragança, que decir de esta señorial, decadente, hermosa y placida ciudad, solo que hay que recorrerla, ascender hasta su castillo y el medieval barrio de Santa María, llenándonos de su atmosfera….Y si es la hora de comer no dudéis de ir al Solar Bragançano, en la Praça da Sé, 34 (primer piso), saldréis encantados y no solo por la comida, su aire señorial y decadente se respira por todos sus rincones. 

Vertiente Portuguesa
Es hora de comenzar a realizar nuestro propósito, el de recorrer las riberas de Los Arribes, nombre con el que se conoce a esta comarca desde tiempos inmemorial, pues su nombre proviene de la palabra latina "ad ripae" (orilla)". Empezamos por la orilla occidental portuguesa, acercándonos primeramente hasta el mirador de Sao Joao das Arribas, sitio mágico donde los haya. Hasta los "zoelas" (tribu precéltica) se dieron cuenta de ello edificando allí mismo uno de sus castros, para servirse de la energía telúrica que de él emana. Precipicios a nuestros pies que llegan hasta las aguas del río, transparencia en su aire, quietud y soledad como compañía, entorno de fabula y paisaje sorprendente, son los adjetivos que me sugieren este lugar, que como tantos situados místicos fueron cristianizados al llegar la nueva religión, en este caso erigiendo un pequeño y humilde eremitorio dedicado al "bautista".

Frente a nosotros, en la otra orilla se encuentra el Despeñadero de la Siniestra o Asomadero de la Finiestra, sin duda el tramo de río más angosto, donde paredes de casi 400 m. caen a plomo sobre el río formando un inquietante paisaje.  

Aguas abajo, a la altura de la población de Vale de Águia y bajo las escarpaduras de su castro, en las profundidades de la azulada lamina acuática, cubierto por las aguas del ahora embalsado rio se encontraba el Paso de las Estacas. Era un estrechamiento en medio de las brumosas aguas, por el que cruzar con la ayuda de un par de largos palos (estacas) para apoyarse entre las piedras, que fue usado durante largo tiempo como paso de contrabando entre las dos orillas, no sin el riesgo de ser arrastrados por las crecidas del río. 

Pocos kilómetros río abajo se encuentra Miranda do Douro, población fronteriza por antonomasia y por lo tanto fuertemente fortificada, pues de siempre nuestros hoy amigables vecinos, han tenido la justificada sensación, de que en cualquier momento serian invadidos por los ejércitos hispanos. La ciudad que "mira al Duero", se merece un tranquilo paseo en soleada tarde, y hasta comer en ella sus afamadas viandas servidas en abundantes platos, o dedicarnos a las comprar de manteles y toallas como se hacía antaño en los pretéritos tiempos de las dictaduras a las que nos sometieron sus escabrosos gobernantes de uno y otro lado de la linde divisoria. 

Seguimos dejándonos llevar por las aguas, y pasamos por humildes poblaciones y un rosario de sugestivos miradores, con la analogía de los cortados roquedos en ambas márgenes y el rio en la profundidad. De los que debo destacar el de la Fraga do Puio en la población de Picote, no solo por sus magnificas panorámicas, también por encontrarse allí mismo una muestra de grabado rupestre "O Arqueiro" (El Arquero), que encontraremos en una pared rocosa. Y nos acercamos a la pequeña aldea de Lamoso, de la que parte una pista que nos llevará hasta la parte alta de la cascada de "Faia da Água Alta", donde hay una caseta de cobijo. Aquí la pista se transforma en un sendero circular que transita entre escaleras y pasarelas de madera, regalándonos durante el recorrido diferentes panoramas de la torrentera. Son 60 metros de caída de agua, lo que la convierte en la cascada más alta de Portugal, pero hay que ir a visitarla en invierno o a principios de primavera, pues si no puede ser algo decepcionante y como nos pasó a nosotros prácticamente no llevaba caudal, aun así el paraje donde se encuentra tiene su encanto. 

Toca ahora desviarnos de la ruta principal y descender en brusca bajada para llegar a la aldea de Mazouco, que con prácticamente una única y alomada calle, se descuelga camino del río. Curioso es este pueblo de único "bar", y curioso es el señor que lo regenta, pues te puede servir una fría cerveza o un carajillo de aguardiente casero, que el mismo elabora en su arcaico alambique, del que si te resulta gustoso al paladar te puede vender. Saliendo del pueblo y continuando por precipitada bajada llegaremos hasta donde dejar el vehículo, para tras breve camino llegar hasta prácticamente la orilla, donde se encuentra el grabado paleolítico del Cavalinho do Mazouco (Caballo de Zazouco), una joyita del arte rupestre de estas tierras.
 
El siguiente destino es Freixo de Espada a Cinta, soleada población  que también merece un paseo y a la que se puede llegar directamente desde el Cavalinho do Mazouco transitando paralelamente el río, sin tener que retornar a la carretera principal. Pasada la población nos desviaremos para subir hasta Penedo Durao, excelente atalaya desde donde contemplar un paisaje majestuoso, con el rio casi 600 m. por debajo de nosotros. Retornamos sobre nuestros pasos para acércanos al embalse de Saucelle, y desde el seguir en dirección sur por toda la orilla derecha del rio hasta llegar al puente que nos depositara en Barca D'Alva, pequeña población, o más bien un embarcadero de cruceros por el Duero que nos podrían llevar hasta Oporto, y una estación de ferrocarril de un tren que venía desde España. Es aquí, donde el rio se hace 100 por 100 portugués, no queriendo ya compartir sus aguas y donde comienza el afamado; por sus paisajes de aterrazadas vides y gloriosos caldos; Valle Do Douro. Aquí, parada y fonda, pues es la hora de comer y nada mejor que hacerlo en Bago d´Douro (Largo das Faias, 29), un buen guiso y por supuesto el bacalao, establecimiento donde también nos pueden proporcionar un recorrido fluvial. 

He hablado de una estación de tren y a ello me quiero referir ahora. Barca D'Alva era la primera estación lusa de la línea "Salamanca - Oporto", que habiendo estado en servicio durante un siglo dejo de funcionar entre 1985 (España) y 1988 (Portugal). Su último tramo por la parte hispana desde el apeadero de La Fregeneda; de unos 18 km. para salvar un descenso de 350 m. desde la meseta castellana hasta el Duro por los barrancos de los ríos Morgáez y Águeda; es una impresionante obra de ingeniaría ferroviaria, con los 10 puentes y los 20 túneles que en su día tuvieron que construir para facilitar el paso del ferrocarril. Es en la actualidad sin duda uno de los recorridos de "Vías Verdes" más impresionantes de toda la Península Ibérica, y creo que me quedo corto. Su mal estado de conservación ha motivado de la Diputación de Salamanca una obra de rehabilitación para que su recorrido sea más "seguro", obra que quedará terminada para principios de 2018, buena época para repetir esta fascinante ruta sobre la añeja vía férrea, que surca, unos tras otro de forma sucesiva estos túneles y puentes de impactante belleza, que ya realizamos por primera vez hace 25 años. 

Desde el muelle fluvial de Barca D'Alva cruzamos el Duero para ascender a los páramos portugueses hasta llegar a la población de Urros, desviándonos de nuevo hacia el gran rio, para llegar a la ermita de Nossa Senhora do Castelo de Urros que desde la altura lo vigila y custodia, siendo el panorama que divisamos desde este altozano impresionante, e imprescindible si nos acercamos hasta estas tierras. Por debajo de nosotros el tranquilo rio sigue impasible y tranquilo su camino al mar, las terrazas de los viñedos le acompañan de forma permanente y monotemática en su discurrir, y la idílica estampa de la población de Urros a nuestra espalda destacándose sobre las oscuras y tenebrosas nueves que barruntan tormenta, convierten ese instante en un momento mágico. Bajo sus pies hay un túnel al que las supersticiones populares le asignan algunas leyendas, pero que al parecer se trata de una mina de oro, posiblemente del tiempo de los romanos.

Nos "aventuramos" a descender hacia el cauce del río a través de la población de Peredo dos Castelhanos, y digo aventurarnos, pues la ruta es un verdadero desafío para la conducción. Un vertiginoso descenso nos sitúa en la Represa de Pocinho, donde podemos hacer una parada para observar como los barcos utilizan su esclusa. Y de nuevo una vertiginosa subida nos eleva hasta la población de Torre de Moncorvo. Y de nuevo un agradable paseo por su laberínticas calles de traza medieval, entre las que sobre sale la enorme y renacentista iglesia de Nossa Senhora da Assunçao (siglo XV). Pero sobre todo hay que tomarse un café con aguardiente en algunas de las terrazas de su plaza y preguntar donde conseguir sus afamadas "amêndoas cobertas" (almendras cubiertas), parecidas a las garrapiñadas, pero mucho más ricas y finas, no tan dulzonas. 

En la otra orilla del Duero, hacia el sur, se encuentra el Valle de Côa, que afluente del gran río alberga la mejor muestra europea de grabados y pinturas del paleolítico superior, de entre 25.000 y 13.000 años de antigüedad, siendo así mismo uno de enclaves más importantes del mundo de estas expresiones artísticas del pasado que se conservan al aire libre. El Parque Arqueológico de Côa posee un extenso y extraordinario ciclo de arte rupestre: representaciones de animales, figuras humanas y signos concentradas en los últimos 17 km. de su cauce, con más de 500 figuras identificadas hasta el momento, formando parte desde 1998 como Patrimonio de la Humanidad. Un atrayente Centro de Interpretación, no solo por su contenido sino también por su arquitectura, se ubica en las proximidades de la población de Vila Nova de Foz Côa…………… pero este interesante paraje del país vecino, merece extenderse en un artículo señero que ya verá la luz en estas páginas. 

Vertiente Española
Si el recorrido por tierra lusa ha sido de norte a sur, por la parte hispana u oriental lo haremos de sur a norte, comenzando en la población de La Fregeneda de la que ya he comentado sobre su sugerente ruta por el trazado del ferrocarril. Desde esta población (a unos 2 km. de la carretera que va al muelle de Vega Turon), parte una pista apta para vehículos que nos llevará hasta el Mirador de Mafeito, con unas exquisitas vistas del último tramo del Duero todavía compartido entre España y Portugal. Nos dirigimos ahora hasta la represa de Saucelle, que ya hemos visto desde la altura del Penedo Durao en país vecino. Es la ultima (la más
baja) y una de las seis que doman el cauce del Duero a su paso por Los Arribes, tres son de propiedad hispana (Saucelle - Aldeadávila - Castro) y las otras tres lusas (Bemposta - Picote - Miranda). Desde aquí y visitando las poblaciones de Saucelle y Vilvestre, nos acercamos hasta la Presa de Aldeadávila, una de las construcciones de la ingeniería hidroeléctrica más importantes de España, con una altura de casi 140 m. su producción hidroeléctrica es la más importante de todo el estado. Pero para mí lo más curioso y nefasto, es que sus obras llevadas a cabo entre el año 1956 y 1963, sirvieron a la dictadura como símbolo propagandístico de los denominados "XXV Años de Paz"………. la paz de algunos. Hoy en día, trascurridos ya 53 años de la "efeméride",…………..40 de verdadera paz, habiendo llegado a nuestro país un sistema de democracia occidental, y habiéndose aprobado una ley de "Memoria Histórica", todavía en ese enclave es visible, y en lugar preeminente, aquella alegoría propagandística de tiempos de régimen franquista……………… país, que país…… diría Forges. 
 
Aun así, el espectáculo es impresionante y sobrecogedor, debiendo de ascender hasta su parte más alta, para admirar desde el Mirador del Fraile todo el espectáculo que se nos ofrece a la vista. Poco más adelante, y a través de una corta pista de tierra y un breve sendero, llegaremos a las rocas donde se ubica el Mirador del Picón de Felipe, posiblemente el más famoso y espectacular de todos los situados en el lado levantino del Duero. Sobre unos acantilados de vértigo, se sitúa el río 400 m. por debajo de nosotros, a plomo de paredes graníticas prácticamente verticales, que junto con la mansedad de las aguas retenidas por la imponerte presa que se divisa entre los enormes muros roqueros, convierten al lugar en algo especial. Las balconadas para observar tan sugerentes panoramas están compuestas de varios puntos situados en distintos lugares, todos ellas protegidas por férreas barandillas. Su nombre le proviene a un antiguo mito-relato, por el cual la cual un pastor llamado Felipe, a golpe de martillo intentó tumbar la montaña para pasar a Portugal y poder reunirse con su joven amada portuguesa. 

La población de Aldeadávila de la Ribera bien merece un paseo y hasta un descanso con una fría cerveza. Desde ella se puede acceder (en sinuosa bajada……. y subida) hasta la playa de El Rostro y al embarcadero de Corporario, uno de los cinco muelles desde los que se pueden realizar paseos fluviales (los otros cuatro son: Miranda do Douro, Bemposta, Freixo de Espada a Cinta y Vilvestre).  

Muy cerca a tan solo 3 km. de Aldeadávila se halla la población de Masueco, desde donde parte una pista que nos aproximará hasta la cascada del Pozo de los Humos, una de las más famosas de España y uno de los lugares de mayor atractivo de los Arribes del Duero. Además de encontrase en un extraordinario escenario, su especial encanto reside en la nube de vapor que se forma en su vertical caída de más de cincuenta metros sobre el vacio, en medio de un rocoso entorno próximo a su desembocadura en el río Duero. Miguel de Unamuno también visitó el lugar en su etapa como rector de la Universidad de Salamanca, quedando impactado a observar el lugar “Estaríase uno las horas muertas contemplándola fluir, dejándose ganar el espíritu por la sensación purísima que su constante curso nos produce” … “Es una de las más hermosas caídas de agua que pueden verse entre aquellos tajos adustos". Pero no siempre está en su pleno esplendor, pues el cauce del rio Uces que la alimenta es bastante estacional, siendo la mejor época para visitarla los finales de invierno o principios de primavera.  

Muy próxima a ella, en el Arroyo de los Cuernos, ya muy cercana a su unión con el Duero se esconde otro bello salto de agua, que aunque menos conocida tiene todo el encanto de lo inaccesible o lo oculto. Se trata de la Cascada de Pozo Airón, que aun no siendo tan espectacular como su hermana anterior, es compensada nuestra visita por la tranquilidad existente en el lugar y por el añadido de poderla recorrer por detrás a través de una oquedad natural situada tras ella. La ruta hacia este enclave, que parte desde población de Pereña de la Ribera (desde la que también se puede visitar el Pozo de los Humos), ha sido clasificada como una de las cinco mejores rutas de senderismo de Castilla y León. 

Cruzamos la población de Villarino de los Aires, en donde se encuentras algunos buenos miradores sobre el Duero, pero sobresaliendo de entre ellos sobre todo el roquedo Teso de San Cristóbal, este sobre los barrancos del río Tormes. Además de las magnificas vistas y de la ermita dedicada a de San Cristóbal (patrono de los vadeadores de ríos, además de los automovilistas), podemos visitar el Santuario Rupestre allí existente, un antiguo castro celtíbero de la Edad del Hierro compuesto por restos arqueológicos y unas antiquísimas sepulturas de gran importancia en el contexto de las Arribes del Duero. En apenas 10 km. llegamos al cruce de Trabanca, población sin más historia a no ser por esta en ella uno de los restaurantes de referencia de la comarca La Retonera de Arribes, debiendo de llegar a buena hora para ser bien atendidos. 

Camino de Fermoselle debemos atravesar el Tormes, divisoria entre las provincias de Salamanca y Zamora, pudiendo para ello tomar dos caminos. El más oriental por la gigantesca Presa de Almendra, la más alta de España con una altura de 202 m. y en la se utilizaron para su construcción 2.188.000 de m3. de hormigón. La otra ruta, la occidental más directa paro también mas sinuosa, cruza el Cañón del Tormes por el Puente de San Lorenzo, discurriendo por parajes de singular belleza.
 
En Fermoselle hay que hacer parada si o si, siendo visita obligada al visitar estas tierras ribereñas, ya que se trata de un hermoso y bien conservado pueblo levantado sobre roca de granito, siendo este mismo material la base de su construcción. Su encantador casco antiguo, repleto de bodegas subterráneas y estrechas callejas, es digno de un buen paso. Destacando los restos del Castillo de Doña Urraca, que situado en el límite noroeste de la población es un buen mirador sobre el no muy alejado Duero. Otro buen mirador, este en el mimo centro del pueblo, es el llamado "Torojón" o Mirador del Torreón, esta para completar una buena panorámica de la población y sus alrededores. Interesante es también su Plaza Mayor y el acercarnos hasta el convento de San Francisco, que en la actualidad acoge el Centro de Interpretación de la Casa del Parque, donde seremos bien acogidos e instruidos de las bondades de estos lares. 

Continuamos hacia el norte por la zamorana comarca de Sayago en busca de la localidad de Fariza, pues de ella parte la carretera que nos llevará hasta el Mirador de las Barrancas, que se sitúa a unos 500 m. de la Ermita de Nuestra Señora del Castillo. Uno más de los ya incontables visitados por estas latitudes, pero aun así no cansa, los grandes espacios que se divisaban por encima de estas abruptas y escabrosas barrancadas, nos hacen sentirnos participes de la fusión de tierra agua y cielo, como si nosotros también formáramos parte de esos amplios horizontes. 

Y por fin, nos dirigimos a nuestro punto final del recorrido por estas tierras "rayas", entre España y Portugal. Nuestro destino es la aldea de Torregamones, por donde ya pasara en tiempo de los romanos del imperio la “Calzada Mirandesa”, paso obligado para entrar en tierras lusitanas, si bien en aquellas épocas aun no había puentes para cruzar nuestro rio, teniéndolo que hacer en barcazas guiadas por cuerdas. Hasta mediados del siglo XX, no hubo un solo puente en todos los Arribes para pasar de un lado a otro, de un país a su vecino (cartografía del I.G.N. del año1946), salvo el del ferrocarril de la Fregeneda a Barca d´Alva (Salamanca - Oporto), solo algunos parajes en los que se podía pasar por barca. Y toda la línea fronteriza estaba minada de puntos de observación de los "carabineros" de entonces, con la función de controlar el abundante contrabando existente.  

De Torregamones parte una pista (Camino de Los Arrieros) nada bien indicada y de no muy buena conservación, que tras recorrer unos 7 km. nos depositará en uno de esos lugares que nos hacen creer que estamos en el medievo, o tal vez en la edad de piedra, hemos llegado a los "Chiviteros de Torregamones". Un corral de cabras donde los rebaños se encerraban para ordeñar, amamantar o la guarda nocturna, pero en este caso con la curiosidad que en su interior se hallan un grupo de unas catorce construcciones circulares elaboradas en piedra y techo de retama, los llamados Chiviteros (donde se guardan los chivos). Pequeñas cabañas a modo de las antiguas edificaciones castreñas, cuya finalidad era la de resguardar a las crías de las inclemencias, o de otros animales depredadores. Son hoy en día una buena muestra de la arquitectura tradicional, y estos son los mejor conservados de toda la comarca. 

Se encuentran situados a apenas un km. de los vertiginosos acantilados que el rio forma por estas alturas, pero difícilmente se intuye su presencia. A escasos 500 m. se encuentra la Rivera del Fenoya, cuyas juguetonas aguas hicieron funcionar al menos a cuatro molinos de los que quedan sus restos. Y ya en las proximidades de la desembocadura del arroyo al Duero se encuentra el Paso de las Estacas, del que ya me he referido al comienzo de estos párrafos.  

Toda esta zona de tierras sayaguesas esta colmada de vestigios prehistóricos e históricos: calzadas romanas, dólmenes, castros, puentes, fuentes, arte románico, e incluso representaciones góticas, renacentistas o barrocas. A tiro de piedra de estos primitivos corrales cabríos se encuentra Peña Redonda, y en sus proximidades se halla el Castro de Sanamede, lugar donde los "vettones" (siglo V a.C) pastorearon sus rebaños y esculpieron ídolos que les protegieran de sus enemigos y favoreciera su sostén. Aquí se encontró el barraco conocido como "mula", que en la actualidad se ubica al costado de la iglesia de Villardiegua, y que en realidad se trata de un toro datado en la II Edad de Hierro, uno de los varios que podemos encontrar por la Comarca de Los Arribes. 

Prácticamente estamos donde comenzamos nuestro recorrido, pero en la vertiente contraria del río. Hemos transitado las dos riberas, admirado su cultura, aprendido de su historia, observado sus horizontes, soñado en la noche bajo sus estrellados cielos, probado su gastronomía, navegado, caminado y llenado de su aire y magia………………. ¿qué nos queda por tanto?...................... pues volver.