miércoles, 4 de noviembre de 2026

- Bombos de La Mancha (Tomelloso)…… la piedra hecha paisaje

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Nos toca visitar hoy la extensa comarca de La Mancha, de las más grandes de esta España plural en culturas. Sin que siquiera se pongan de acuerdo de hasta dónde llega, así como su magnitud, con un abanico de entre 15.000 a 30.000 km2. Teniendo como limites naturales según “Madoz”, desde los montes de Toledo hasta las estribaciones occidentales de la Sierra de Cuenca y desde la Alcarria hasta Sierra Morena. Pues hasta lo más profundo de ese terruños nos vamos a introducir, a la Llanura Manchega una zona que comprende alrededor de medio millón de hectáreas, situada en su mayor parte en la provincia de Ciudad Real y cuyo centro neurálgico es Tomelloso.

La primera mención que se conoce del término “Mancha” data del siglo XII. Pudiendo derivar su origen del árabe “Manxa” o “Al-Mansha”, refiriéndose a "tierra sin agua" o "tierra seca", lo que describe con exactitud el clima, morfología y la escasez de lluvias en esta extensa llanura. Notoriedad que no es leyenda, pues responde a unas condiciones meteorológicas extremas y a la escasez de vegetación y arbolado.

 

Pese a esta situación ha estado habitada desde antiguo, siendo su mas añejos pobladores conocidos los neandertales, que ocuparon la zona hasta hace unos 70.000 años, período en el que migraron camino a la costas. Llegando bastante después los “homo sapiens” hace aproximadamente unos 27.000 años. Encontrándose restos del “neolítico” en municipios colindantes, siendo fundamental el desarrollo en este territorio la “Cultura de las Montillas” durante la edad del bronce, de las que hay buenas muestras a través de la Motilla de Azuer y la Motilla de las Cañas durante el Bronce Medio (unos 2300 / 2000 años a. C.). Estableciéndose posteriormente en el territorio los “oretanos” (iberos) durante los siglos VI / V a. C. que utilizaron para su beneficio las “motillas” legadas por los “hombres del bronce”.

 

Gran importancia tiene en Tomelloso el llamado Pozo Tomilloso (de tomillo), histórico proveedor de agua, de posible origen romano, que con el tiempo sería el germen sobre el que se creó la población de Tomelloso entre finales del s. XV y el XVI.

 

Tras el desmoronamiento del reino visigodo a principios del siglo VIII, las huestes musulmanas avanzaron con rapidez por las llanuras manchegas sin prácticamente resistencia, quedando esta zona prácticamente deshabitada. Siendo Calatrava la Vieja “Qal'at Rabah” el gran bastión político y militar de Al-Ándalus en la región, controlando la importante vía de comunicación entre Córdoba y Toledo. Sin existir durante este periodo un asentamiento de cierta índole en toda la zona, más bien pequeños núcleos rurales, granjas o torres defensivas. Teniendo constancia el en siglo XVI de la existencia en la zona de dieciséis pequeños enclaves beréberes durante la época musulmana.




La actual población de Tomelloso durante la Edad Media no existía, era zona de frontera entre los reinos cristianos y musulmanes, una tierra de nadie donde no era viable la estabilidad, hasta el triunfo cristiano en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212) donde termino el control musulmán de la zona. Existiendo pequeños poblamientos o villas, pero las malas condiciones del terreno y el duro clima hacían que estos lugares fueran posteriormente abandonados.

 

El surgimiento y repoblación definitiva de Tomelloso se dieron más tarde, a partir de finales del siglo XV y el XVI, tras la toma de Granada en 1492 por los Católicos Reyes y bajo el control de la militar Orden de Santiago. Antes de eso solo era un cruce de antiguos caminos y vías pecuarias, así como el mencionado anteriormente Pozo Tomilloso.

 

Estamos en una de las zonas áridas de España, con suelos rocosos, poca pluviosidad, cauces de agua muy limitados y la casi inexistencia de arbolado, condicionantes que limitan bastante el desarrollo de una agricultura boyante. Debiendo dedicarse sus habitantes a cultivar los espacios más propicios para plantar cereal de secano y algo de olivar, en medio de una economía de subsistencia. Cambiando esta situación a partir de mediados del siglo XVIII, cuando se empieza a introducir entre sus cosechas el viñedo, haciéndose más palpable durante la segunda mitad del XIX, cuando las viñas francesas son afectadas por la infección de “filoxera”, que prácticamente las hace desaparecer en el país vecino. Es entonces, a finales de este movido siglo y principios del XX (especialmente entre 1880 y 1950), con la imperiosa necesidad de atender a un mercado que se había quedado totalmente desabastecido de vino, cuando prácticamente el cultivo de la vid se extiende de forma generalizada, convirtiéndose prácticamente en monocultivo, generando una formidable mejora económica para toda la comarca.




Se comienzan a rotular tierras anteriormente baldías, y para ello hay que quitar cantidades ingentes de losas calizas existentes en sus terrenos dificultando la labranza. Piedras que en un principio quedan amontonadas y orilladas en las márgenes de los campos de cultivo, pero que después, el sentido práctico del agricultor manchego les da un uso y aprovechamiento útil, construyendo con ellas unos “chozos” de características muy especiales a los que llaman “bombos”.




Siendo esta nominación de “bombo”, con el que los lugareños reconocen la tradicional construcción rural pensada esencialmente para guarecer y socorrer en ella a pastores y labradores. Toda vez que en gran parte de las ocasiones los campos de labor quedaban alejados de los núcleos habitados (en Tomelloso existen bombos a más de 20 km. de la población) y ser los medios de transporte lentos (en la mayoría de los casos caminando), los agricultores precisaban un lugar donde resguardarse, alojarse, preservar las herramientas y cobijar a los animales de trabajo (mulas) durante los, en muchos casos, sucesivos días de trabajo.

 

Están elaborados de forma natural con las piedras del lugar (lajas o lanchas), desenterradas por el arado, ya que la tierra somera útil productiva apenas tiene unas decenas de centímetros de espesor. Piedras en forma de losas muy abundantes en esta comarca, al estar gran parte de La Mancha constituida por una gran lasca o costra caliza “caliche” que aquí denominan “tosca“ de varios miles de km2. Lamina caliza, con un grosor o espesor de entre los 10-15 centímetros pudiendo llegar a superar el metro de profundidad en lugares más compactos, que los labradores tienen que romper con sus arados para que el terreno sea útil y productivo, despedregándolo y amontonando los enormes guijarros en ingentes majanos a la orilla de las fincas.

 

Al observarlos nos damos cuenta de la esmerada técnica usada en su construcción, imaginamos que depurada con el paso del tiempo, estando ejecutados con la técnica de “piedra seca”, piedra tras piedra sin ningún tipo de mortero, argamasa, yeso, ni cuerdas. Apilando laja sobre laja, con la única herramienta del ingenio y sin usar andamiajes ni plomadas levantaban sus muros perimetrales de entre metro y medio y dos metros, para a continuación ejecutar la cubierta. 


En este territorio no hay maderas para formar vigas, ni agua y arcilla para confeccionar adobes, por lo que debe de ser la misma piedra la protagonista de la culminación de su techumbre, ejecutándose esta a través de una falsa cúpula de losas escalonadas, hiladas unas sobre otras avanzando hacia el centro, cerrando finalmente el espacio con una piedra “clave” como contrapeso. Estando el secreto de su estabilidad en esta original y curiosa bóveda.

 

Aunque su forma es muy característica y singular no hay dos bombos iguales, creando elementos exclusivos, únicos y diferentes. Y si bien predominan los de planta circular, también existen bombos ovalados, elípticos o cuadrados, e incluso algunos formados por varias cúpulas, siendo también frecuente la construcción de varios contiguos e intercomunicados por el interior, logrando la existencia de varias estancias con cierta independencia. Ninguno responde a un plano predeterminado, siendo las necesidades de su constructor y su dominio de la piedra los que determinen su acabado.




Los bombos apenas tienen ventanas, convertidos en elementos exageradamente austeros y sobrios tanto en su exterior como por dentro, siendo más amplios los dedicados a labores agrícolas que los usados por pastores, estos últimos mucho más modestos con el especio indispensable para el uso de una o dos personas. Su interior, al que se accede por una puerta estrecha y baja (pudiendo observar en alguna de ellas una herradura colocada como atributo de buena suerte), es amplio y casi siempre diáfano, con una chimenea para el fuego, poyos corridos en la pared a modo de asientos y camastros con base de piedra para adormitar, hornacinas a modo de alacenas, estacas clavadas en las paredes o ganchos donde colgar ropajes y aperos de trabajo, y en algunos, espacio dedicados como cuadra para el ganado. Teniendo muchos de ellos algún árbol de cierto porte en la proximidad de su acceso para facilitar algo de sombre, hoy este componente les da cierto grado bucólico.

 

Usándose como único elemento añadido la pintura con cal blanca, que usada como desinfectante y a modo de ornato, generan en el paisaje ese contraste de tonos con el azul del cielo y verde de las viñas. Blanca tonalidad que en algunos casos cubre total o parcialmente tanto el interior como el exterior, sirviendo así mismo como regulador climático, pues los bombos mantienen un ambiente fresco en verano y cálido en invierno. Al verlos desde lejos entre las viñas, no nos parecen construcciones, más bien asemejan montones de piedras, majanos.

 

Eran usados como vivienda temporal durante las labores del campo, vendimia, poda y abonado fundamentalmente. Pero en algunos casos eran usados como hogar permanente para todo el año, ya que muchas de estas tareas agrícolas tenían continuidad durante todo el año. Parece ser que se comenzaron a construirse los primeros bombos hacia 1830-1840, teniendo algunos de ellos más de doscientos años.

 

La técnica de “piedra seca” es común a gran parte del Mediterráneo, estando emparentada con los “trulli” o “caselli” (Italia), las “bories” de la Provenza (Francia), los “nuraghe” (Cerdeña) o los “talayots”, “navetas“ y “barracas” (Menorca)…… por mencionar algunas de sus analogías. Consiguiendo estas técnicas de construcción en “piedra seca” el reconocimiento por parte de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en el 2018. Aunque los bombos de manchegos son más austeros, más desnudos, más cercano a sus gentes. Reflejando en sus formas la sobriedad manchega, la mesura de quien trabaja con lo mínimo.


Si bien el centro neurálgico de estas construcciones es Tomelloso y donde existe la mayor concentración de ellas, su demarcación no se corresponde con límites administrativos, sino que conciernen a una demarcación agrícola y cultural específica de La Mancha, vinculada a la expansión del viñedo durante el siglo XIX, cuyo epicentro es la villa tomellosana. Pudiendo encontrar construcciones de este tipo en Ciudad Real (Tomelloso, Argamasilla de Alba, Campo de Criptana, Socuéllamos, Manzanares o Daimiel), Albacete (Villarrobledo y Minaya), Cuenca (El Provencio y sus alrededores).




Y Aunque su hechura en piedra seca con falsa cúpula es análoga, la nominación lingüística cambia según nos situemos comarcalmente, recibiendo sobrenombres diferentes: chozo, cuco, carapuchete, gallinero o cubillo, siendo bombo el más extendido de ellos.

 

En los 242 km2. que ocupa la extensión de Tomelloso, se calcula existieron alrededor de 300 bombos (datos documentados por Jerónimo Pedrero a finales del siglo XX) enclavados fundamentalmente en las 8.400 ha. dedicadas fundamentalmente a viñedos (transformándose actualmente los cultivos con nuevas plantaciones de almendros, pistachos o pinos). Pudiendo a llegar a alcanzar los 700 contabilizando el resto de los pueblos colindantes y próximos (900 para otras estimaciones). Hoy más de una tercera parte ya no existen, aunque conocedores del tema afirman que “todavía se mantienen 276 en Tomelloso y más de 400 en los términos adyacentes”, en diversos estados de conservación. Trasladándonos la información turística oficial que, en la actualidad existen más de 90 bombos protegidos por normas autonómicas y en buen estado de conservación.




El Pardo, Tamboriles, La Zanahoria, Paredazo de Isidro o el Camino de Don Víctor por el norte. El Duende, Montarroz, El Cuervo, Las Pintadas, Las Tinadas al poniente. Los Brazales, Almenara, Pozo Marta y Casa de Pedro Malo al noroeste. Perrote, La casilla, Bodega del Cura, Las Lacenas o el Hornillo, a uno y otro lado de la Cañada Real de Cuenca. Don Martin, Llanos de la Venta, Don Sergio La Venta, Al norte de la autovía A-43 (N-310) en dirección a Villarrobledo. Son parajes en donde mayores concentraciones de bombos podremos observar, prácticamente centrados en la franja norte de la población de Tomelloso.

 

Cualquier ruta que queramos realizar debería de iniciarse en el Museo del Carro de Tomelloso, donde podremos observar tanto por su exterior como el interior el Bombo de Pablo Moreno Muñoz “El Cota“ . Levantado en 1968 /1970 con más de 2 millones de lanchas estando considerado como el último construido en la localidad.

 

Desde allí podemos dirigirnos hacia el Santuario de las Virgen de las Viñas (a 5 km. de Tomelloso), para emprender algunas de las rutas que se realizan para observar estas magnificas obras de ingeniaría rural. Siendo interesante seguir las indicaciones del recorrido PR-CR-50 “Ruta de los Bombos” que a través de alrededor de 17 km. nos trasladare entre campos fundamentalmente de viñas, por algunos de los ejemplares más interesantes de la zona. Debiendo de tener en cuenta que esta ruta se puede realizar, caminando, en bicicleta o en vehículo.




Hemos venido a visitar y recorrer espacios y construcciones que hace apenas unos meses ni siquiera sabíamos de sus existencia, y nos traemos imágenes de unas edificaciones singulares que absorben el paisaje de donde se hallan. Los bombos de Tomelloso y sus aledaños son auténticas, geniales y anónimas obras nacidas del ingenio popular, siguiendo una técnica ancestral en piedra seca y piedras hiladas hasta componer una falsa cúpula. Conformando una inestimable muestra de arquitectura popular amoldada al entorno, así como a los pocos y escasos recursos disponibles.




Relacionados de siempre con los viñedos, los encontramos en mitad de estos sin indicaciones, sin apenas accesos y alejados en muchos casos de la población. Hoy forman parte del paisaje peculiar de esta zona manchega, situándose totalmente y armónicamente integrados entre viñedos y otros tipos de plantación (estando el campo más diversificado que antaño, pudiendo encontrar cultivos de almendra, pistacho, así como algún pinar). Convertidos en un sorprendente y desconocido símbolo del paisaje manchego y ejemplo de arquitectura popular en nuestro país.




Su redondeada silueta sobresaliendo por encima de los viñedos y destacando sobre los abiertos campos, forman hoy parte del paisaje de esta zona de La Mancha. Convirtiéndose en referente y ejemplo de unas gentes de campo, que consiguieron transformar las piedras que entorpecían su trabajo en vestigios pétreos que el tiempo nos ha legado desafiando al olvido.

 

La desidia, al abandono y el lucro insaciable por parte de algunos propietarios ha producido la desaparición de muchos de estos elementos de arquitectura rural, que han formado parte de la dura vida de los hombres de esta tierra en el pasado. El mantenerlos en pie, debería de formar parte del reconocimiento que se debería de tener a los que fueron sus antepasados. Ejemplo de esta barbarie lo tenemos en el Bombo de Moriana (Daimiel), edificación que ya es historia, pues fue arrasado en 2019 por el propietario de la finca.

 

No puedo dejar de trasladar en estos párrafos las sensaciones e impacto que genera el ver atardecer en la planicie manchega, en medio del mar de viñas que la componen, la silueta de algún bombo con un cielo limpio y virginal, observando cómo las nubes se van transformando en un rojo intenso donde parece que el firmamento arde………. si el infierno existiera y fuera así, no me importaría esperar allí la eternidad………. tal cual es el momento.