viernes, 20 de marzo de 2026

- Cascadas del norte de Burgos (Merindades) I

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Las sierras y montañas que configuran la cornisa cantábrica al norte de la provincia de Burgos conforman unos desniveles sustanciales sobre los que discurren cursos de agua, que en estas fechas y sobre todo en un año tan lluvioso como este, desarrollan unas poderosas, singulares y esplendorosas caídas de agua, a las que no hemos podido resistir acercarnos para acompañarlas en su incesante alboroto.

Aunque fundamentalmente las cascadas relacionadas y recorridas en estos párrafos se encuentran en la comarca de las Merindades burgalesas, también hemos dedicados nuestros esfuerzos a documentar algunas de importancia en el País Vasco (Álava / Vizcaya), Condado de Treviño, Valles Pasiegos, así como algunas reseñables de las comarcas burgaleses de La Lora y la Bureba, zonas todas vinculadas o próximas con el norte del oriente castellano.

Aun con las excepcionales condiciones “hídricas” de este año y la época elegida para su visita, justo después de la sucesión encadenada de un sinfín de borrascas a las que ahora les ha dado por denominar “danas”, algunas de las cascadas y sobre todo varias de las más singulares, vistosas y espectaculares (Santo del Nervión - San Miguel de Angulo – Huevera de Caderechas), no poseían la más mínima cantidad de agua, ni siquiera una misera gota en la que poder regocijar nuestras deseosas miradas, un verdadero desanimo antes las expectativas que las circunstancias meteorológicas habian provocado algunas semanas atrás.  




Se le da nombre de “Merindades” a los incipientes territorios, recuperados a las huestes sarracenas durante los primeros siglos de la mal llamada “reconquista”, que inicialmente conformarían el Condado de Castilla y posteriormente el Reino Castellano. Tierras ya cristianas durante el siglo VIII repobladas entre los siglos IX y X, y que tomando su nombre de los "maiorinus", son administradas de forma directa o indirecta por estos “merinos” (adjetivo ya romanizado) mediante delegación real (el sistema de “organización” por medio de las “Comunidades de Villa y Tierra” que conocemos en la castilla más sureña, como por ejemplo Soria, es posterior).

 

Esta forma de “gobierno” aparte de tener facultades administrativas y recaudatorias, poseían también funciones judiciales, así como, en necesidad de ejercerla, podían reclutar gentes para “hechos de armas” (guerrear) a favor del rey de turno.

Las 26 Merindades que conforman el norte burgalés es uno de los mejores destinos del país para salir en busca de cascadas durante esta época de finales del invierno y principio de la primavera, en pleno deshielo, existiendo un buen conjunto de interesantes y sugerentes saltos de agua por toda su geografía. Pudiendo realizar un recorrido por las más notorias y visitadas, llegando hasta las más desconocidas, escondidas e inéditas, pero todas saltarinas, turbadoras y revoltosas a la espera de ser visitadas.  

 

A lo largo de los más de 2.800 km2 (280.000 Ha.) de extensión que ocupan las Merindades, convergen elementos geográficos bastante diferenciados, como son la Cordillera Cantábrica, los Cañones del Ebro, así como los páramos de la Meseta Castellana y parsimoniosos valles. Pudiendo compaginar nuestro recorrido en búsqueda de las cantarinas cascadas con otros componentes existentes en el paisaje que permanentemente nos rodea, como son las profundas y herméticas Hoces del Ebro, los yermos y desamparados páramos como el de Masa, así como las originales “muelas” o Loras que trastocan nuestra visión con sus horizontes trasnochos. 



También con elementos urdidos por manos humanas, como los arcaicos y milenarios dólmenes y menhires del
Neolítico y Edad del Bronce (aprox. 3500-1500 a.C.), los eremitorios rupestres de los primeros siglos del cristianismo en nuestro país (siglos VI – VII), la pureza de un “románico” que marcan su propio estilo, así como poblaciones con un significativo y reseñable sabor medieval.

 

Los valles visitados pertenecen a las cuencas hidrográficas del Cantábrico y del Ebro. Siendo los ríos hasta los que hemos llegado: Hijuela, Cadagua, Herrerías, Nervión, Oiardo y Asón (que van hacia el Cantábrico) y por la vertiente mediterránea: Ihuda, Inglares, Ebro, Trueba, Engaña, Rudrón, Nela, Odra, Jerea Purón y Molinar. Los cursos fluviales de la Cordillera Cantábrica / Montes Vascos que dirigen sus aguas al norte, con valles soportando desniveles bastante más notables que los del sur, poseen cascadas de mayor envergadura, situándose en ellos las de caídas más vertiginosas de todo el país, superando en algunos casos los 200 m. de desnivel: Salto del Nervión 222 m. Cascada de San Miguel de Angulo 200 m. Gujuli 100 m. o la del Nacimiento del Asón de 70 m.

 

De las treinta y tres cascadas seleccionadas en principio pudimos visitar veintidós, cuatro ya las habíamos visitado en otros recorridos, algunas desistimos pues nos llegó información de que ya no llevaban agua, a otras cuatro no accedimos por su gravoso acceso y a dos no fuimos por olvido.

 

Hemos decidido comenzar la ruta por tierras vasconas, al ser estas cascadas las mas lejanas de nuestro recorrido, por ello nos dirigimos desde Logroño al Condado de Treviño atravesando perpendicularmente la Rioja Alavesa. Llegando a la población de Sáseta y en breve caminata aproximarnos a las armoniosas cascadas de Roda Vieja y el Molino. Desde allí nos dirigimos a poniente en busca del curso del Inglares entre las poblaciones de Payueta y Berganzo donde encuentra la cascada Herrerías formando una especie de cola de caballo. Terminando la mañana en el elegante salto de agua de Gujuli, que con algo más de 100, se precipita desde la población homónima al vacío medio de un paisaje verdaderamente estremecedor en los lindes del Monte Gorbea.




La sobria y gris población de Orduña; capital de uno de esos territorios que conforman una anormalidad geográfica en nuestro país, ya que es un enclave vizcaíno dentro de la provincia de Álava; sirve de base para terminar de poder visitar las ultimas cascadas en suelo vasco. Las próximas del rio Orduña en la aldea de Terganga: Cocinocha y Kobaundi, la primera no muy alejada de la población (apenas 700 m.). 


Pero sobre todo la que al final del valle de Delika produce el rio Nervión cuando lleva agua, un salto en el vacío de 222 m. conformando la mayor caída de agua de toda la península, el Salto del Nervión. Debiendo de acceder hasta el puerto y en el conocido como Monte de Santiago realizar un grato paseo hasta en mirador desde donde observar el sugestivo espectáculo que desde él se divisa.

 

Durante el trayecto a tierras ya castellanas de Valle de Angulo. disfrutamos de hermosos paisajes como en que nos regala la población de Añes (Álava) con el fondo de Sierra Carbonilla y Cerro de los Tornos. Situados en Puerto Angulo nos acercarnos al mirador desde donde poder observar la cascada de San Miguel de Angulo, que si llevase agua (que no es el caso) se convertiría en un espectáculo similar al del Nervión, pero en un entorno si se quiere de más aislamiento humano. Aquí el agua se precipita desde una altura de 200 m. rompiéndose estrepitosamente entre las fajas rocosas de su base. No muy alejada, en la pequeña aldea de Martijana (Cozuela), nos encontramos la bucólica cascada de Peñaladros a la que podemos acceder fácilmente a su base por frondoso terreno desde donde contemplarla en plenitud.

 

Tomando en principio dirección norte nos introducimos en el Valle de Mena, único espacio burgalés con voluntad cantábrica, al ser el señero de todas las Merindades en que sus aguas van a parar a ese mar del que apenas le separan 30 km. Aguas precisamente del río Cadagua, a donde nos dirigimos para allegarnos a los potentes chorros que forman su aguas al nacer del interior de la tierra. En la pequeña y coqueta aldea de Irus, el río Hijuela nos ha dejado un par de interesantes cascadas a las que se accede por el no menos seductor “Camino Real de las Enderrozas”, del que dicen podrá ser una antigua calzada romana. Tras transitar un buen trecho por esta empedrada vereda, que sirvió en el pasado para transportar mercancías de la meseta a los puertos del Cantábrico, llegamos a las dos cascadas que se encuentran muy próximas, encontrándolas en todo su esplendor y vistosidad.




Solo nos queda la Cascada de Aguasal para culminar el Valle de Mena, debiendo de acercarnos a la aldea de San Pelayo y acertar con la ruta que nos aproximará hasta este conjunto de revoltosas y espumosas aguas al caer, ubicadas en la vertiente meridional de los Montes de Ordunte. 


Pero el Valle de Mena es más que agua, allí hemos podido observar buen románico a través de los templos de Siones, San Lorenzo en Vallejo de Mena, San Pedro en El Vico, así como en la iglesia de San Miguel Arcángel en Bercedo. O torreones medievales como los de Vallejuelo y Lezana de Mena.

 

Desde Espinosa de los Monteros se accede a otra de las míticas cascadas de los Valles Pasiegos, la Cascada del Nacimiento del Asón, teniendo que pasar a la vecina Cantabria para llegar hasta ella, superando el potente desnivel que supone traspasar el Portillo de La Sia. Se trata de un espectacular salto de agua de algo más de 50 m. visible desde muchos puntos de descenso hasta el Valle de Soba. 



Otra no tan alta pero mucho más armónica podemos observar casi en la cúspide del también pasiego puerto de Estacas de Trueba ascendiendo desde Espinosa, la de Guarguero. Se encuentra señalizada y es bastante accesible al encontrarse muy próxima a la carretera y aun no siendo la cascada burgalesa más alta ni la más caudalosa, su entorno y vistosidad entre montañas y cabañas pasiegas, la convierten en una de las más apreciables de esta comarca en temporada de deshielo.

 

Entramos en las Merindades de Sotoscuevas y Valdeporres, destacando en la primera de ellas los saltos de agua resultantes directos de los arroyos de la Cordillera Cantábrica. La elegante, singular y espléndida Cascada Salceda (Quisicendo) o la Cascada de la Osera, que encontraremos por encima del abandonado Túnel de la Engaña. 


En la zona de Valdeporres otro par de ellas, la coqueta y escondida pero imprescindible de visitar de Las Pisas, a la que se llega caminando desde Villabáscones de Bezana (hay también un excelente y encantador atajo a medio camino de la aldea de San Cibrián). Ya en las proximidades de la población de Puentedey; de obligatoria visita con su insólito e impresionante puente natural sobre el que se asienta; nos acercamos a ver la espectacular cascada de La Mea que encontramos al final de un corto barranco, que con una caída de unos 30 m. hace precipitar el agua como si fuera una cortina transparente, pudiéndola pasar por detrás sin ninguna dificultad. A algo más de 500 m. en la población de Quintanilla de Valdebodres se encuentra el “Pozo del Infierno”, una cueva sumergida donde mi viejo amigo Fidel Molinero y su compañero llegaron a explorar el segundo sifón a 200 m. y 18 de profundidad.




A la espera de continuar el relato sobre las Cascadas del Norte de Burgos (Merindades) II. Quiero aclarar, que a finales de febrero no es fácil encontrar por estas zonas lugares de “acomodo y manduca” (alojamiento y comidas) para dar servicios a los que hasta aquí nos allegamos, cada vez se hace más dificultoso el dotar de servicios a zonas relevantes del ámbito rural, quejándonos después de las maldades de la despoblación. Si bien encontramos establecimientos que nos pudieran atender, la escasez de infraestructuras en servicios turísticos (hoteles y restaurantes) durante nuestra visita en el mes de febrero de 2026, se hizo notar en algunos momentos y lugares de cierta importancia.




miércoles, 11 de marzo de 2026

- Cisco en las Cuevas de Soria

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Una vez más los amigables, animosos y dispuestos vecinos de las Cuevas de Soria se han congregado en las proximidades de Izana, en un pequeño encinar a orillas del viejo camino que unía esta aldea con la de Camparañón y a mitad de trecho entre la Fuente Cailla y el Cerro de Castilrreño (con su castro celtíbero), para celebrar de nuevo la “fiesta del cisco”. Oficio carbonero que ocupó a gran parte de su población durante los aciagos y crudos días de invierno soriano, que para bien redundaría como complemento a sus exiguos pecunios conseguidos con esa agricultura de subsistencia que durante aquellas épocas era generalizada en estos austeros paramos sorianos. Actividad que se desarrolló hasta bien avanzado la medianía del siglo pasado. 

Cisco o picón es una variedad de carbón vegetal producido en menudillo, el cual se usaba para surtir los braseros con los que se calentaba la gente durante gran parte del siglo pasado. Escogiendo para ello las ramas más finas en la poda de encinas (justo las que no sirven de leña para calentar chimeneas o fogones), sobre las que se realiza un proceso de quema, en cierto modo engorroso y algo expuesto, debiendo elegir un situado al abrigo de los vientos y un día propicio para que “Eolo” no fastidie la tarea.



Su elaboración se produce a través de un procedimiento de combustión incompleta, al carbonizar intensamente cualquier tipo de madera (en el caso de las Cuevas “encina / carrasca”), por medio de un sistema de seudo-incineración al aire libre (sin horno), realizada mediante la elaboración de un pilar o montones de ramajes finos en forma de “cono”, al que se le introduce un elemento combustible, en este caso paja, llegando a alcanzar a máxima actividad temperaturas de entre 400 y 700 grados.



Todo esto se realiza en ausencia de aire, tratando que la pila de leña absorba la mínima cantidad de oxígeno evitando así la combustión directa y absorbiendo toda la humedad de la madera, dando como resultado final, un elemento tizoneado, sólido, poroso, frágil y poco pesado, con un elevado contenido en carbono, muy cercano al 98%.

 Mi abuelo fue uno de esos personajes que se dedicó a transportar con su carro el carbón vegetal desde las Cuevas de Soria hasta la estación del ferrocarril de Quintana Redonda para ser trasladado a los lugares donde se le daría uso, en algunos casos Madrid. Pudiendo llegar a ser el mismo cisco que abastecería el brasero de la casa de mis padres en el castizo Madrid, y del que aún me vienen a la mente los sabañones que ese explícito calor me producian en mis jóvenes pies (tendría por aquel entonces entre cuatro y seis años) en aquella mesa camilla con faldones, que era el único elemento calorífico de toda la vivienda.
 
A los cuevanos; gentilicio con el que se conoce a los habitantes de las Cuevas de Soria; nunca les faltó materia prima para realizar estas actividades a lo largo del tiempo, pues cuentan entre su territorio con uno de los más densos encinares de la provincia de Soria, el que se ubica en la alomada y enigmática Sierra Inodejo. Que observamos cubriendo el horizonte desde buena parte de la geografía del poniente soriano, pues no en vano su extensión logra alcanzar unas 3.000 Ha. prácticamente pobladas de espeso e intrincado encinar. De las tupidas laderas cubiertas de carrasca casi la mitad se sitúan en la población de las Cuevas con una extensión de cerca las 1.200 Ha. Donde aún podremos encontrar, si nos adentramos en su espesura, restos de las carboneras que se realizaron en el pasado.

Os invito a que repasando estas páginas curioseéis las fotos de esa celebración que los vecinos de Cuevas de Soria rememoran cada segundo domingo de marzo, si los “elementos” atmosféricos son propicios…….. teniendo la certeza de que además seréis bienvenidos y agasajados con unas migas sorianas de pastor.



lunes, 29 de diciembre de 2025

- Feliz año 2026

 Os deseo un venturoso 2026



domingo, 30 de noviembre de 2025

- Dehesa “Mata”…… con la septuacentenaria y zarandeada “Arca” de Almarza y San Andrés de Soria

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Si ascendemos desde la capital soriana hacia los vecinos valles de los Cameros riojanos, antes de superar el paso de Piqueras iremos observando a medida que vamos cogiendo altura como a nuestra diestra y siniestra, entre la Sierra del Alba y la de Tabanera, se van conformando unas exquisitas dehesas donde, desde la noche de los tiempos han pacido todo tipo de ganado. Hoy nos toca ir a recorrer parte de una de estas, cuya historia se remonta más de 700 años, teniéndose constancia documental de ella allá por el año 1367 (año concreto de1329) a través de un litigio en el que tuvo que dirimir el por entonces monarca Alfonso XI de Castilla, sentenciando la propiedad de la dehesa “Mata” a favor de los pobladores de Cardos, Pipahón, San Andrés y Almarza, aldeas las dos primeras ya desaparecidas. Haciendo observancia de que por aquel entonces en los pueblos de Castilla y León, las dehesas boyales eran exclusivas del marqués o conde de turno, no de los vecinos.

 

Si bien hay constancia de su dominio privativo desde las primeras décadas del siglo XIV, mis entendederas me hacen reflexionar sobre una vetustez bastante anterior, toda vez que estas tierras por las que se pudo transitar fácilmente, a bien de su excelente y milenaria calzada romana que comunicaba el puerto fluvial de Vareia (Varea/Logroño) con Numancia (Soria), sirvió en tiempos de la mal llamada “reconquista” a llegar a las tierras de Magaña, Tera y Almarza los ejércitos del Reino de Pamplona en el año 976, situándose la línea fronteriza con el sarraceno al sur de las mencionadas poblaciones. La denominación de Almarza no puede ser más “arabesca”, pudiéndose traducir como ”Al puerto” o “tierra de pastos”, con lo que cualquiera de las dos definiciones nos valdría en este caso.




Por lo referenciado no sería muy difícil que ya a principios del siglo XI estuvieran sus tierras repobladas, bien por gentes venidas de lugares vascones o dominios segovianos (muchos de los pueblos de la zona tienen nominaciones relacionadas con Sepúlveda, Pedraza, Ayllón, Arévalo, Cuellar, etc.). Y esa repoblación conllevará la existencia de dehesas comunales o boyales donde pacer los ganados, con los consabidos pleitos entre las poblaciones por los lindes (antes menos definidos que ahora). Por lo que muy posiblemente ya se estarían aprovechando estos pastos durante el 1270 cuando el “Sabio” rey Alfonso X elaboró el primer censo de Soria, justo 151 años después de que “Batallador” Alfonso I de Aragón (1119) tomara estas tierras y fundara Soria como cabeza de una extenso alfoz (hoy convertido en la Mancomunidad de los 150 Pueblos).




La dehesa “Mata”; una de las que más historia y fama tienen en la provincia de Soria; destaca no solo por su especial naturaleza, también por la singularidad de la propiedad “bien de propios”, otrora de cuatro localidades hoy solamente dos Almarza y San Andrés de Soria, las otras fueron secuela de la despoblación como ya he comentado. Peculiaridad que se ha convertido en señera identidad de ambas poblaciones, que conjuntamente custodian (los años pares San Andrés y los impares Almarza) una centenaria “Arca” de nogal donde guardan los históricos documentos, litigios, dispensas, privilegios y vicisitudes que atañen a esta dehesa boyal. Arcón que es festivamente intercambiado entre ambas poblaciones desde tiempo inmemorial, cada 6 de enero (día de los Magos de Oriente) en el paraje de Cantogordo (linde entre ellas).

 

El actual cofre o baúl es del siglo XVIII, estando su peculiaridad en la férrea cerradura que se diseño para ser abierta con dos llaves (una para cada población). Que idénticas pero inversas (simetría de espejo) deben de usarse al tiempo y en dirección inversa para que la cerraja se desbloquee y permita su apertura. Siendo de esta forma y manera como se custodian los legajos en ella custodiados por siglos. No teniendo conocimiento hasta el momento de la existencia de un proceso así en toda la geografía hispana, por lo que se le puede catalogar como único.

El ilustre y controvertido arqueólogo soriano Blas Taracena fue de los primeros que relacionó hace más de 80 años parte de los 107 documentos en ella custodiados, a los que se ha añadido en 2024 uno más: el plano mapa de la “Dehesa Mata” elaborado por Carlos Sanz y Juan Ramón Muñoz (que yo expongo como cabecera de las fotos de este enclave) con los topónimos singulares de la zona proporcionados por los avezados abuelos del lugar, verdaderos conocedores del terreno.




Y después de esta ocurrente e inexcusable introducción histórica que no todos los lugares tienen la suerte de poseer, nos introducimos en la fructífera y nutrida dehesa pródiga en lugares de pasto para ganados, como en recursos forestales: leña, madera, etc. así como otros productos naturales: setas y frutos silvestres, completando toda una gama de acervos de los que se han valido y aun hoy se sirven los habitantes de la zona, como forma de completar su medio de vida, formando una parte importante del peculio de estas gentes.

 

A tan solo 23 km. al norte de la capital soriana se sitúa este esplendido trozo de naturaleza donde la mano humana ha intervenido bien poco (y si lo ha hecho ha sido de forma sostenible), trasladándonos un espacio de caprichosos lugares en un entorno paisajístico y visual de primer orden. Con una apreciable extensión de 1015 hectáreas y lindando con las recién nacidas aguas del inmediato río Tera, su morfología al contrario de la ya relatada Dehesa de Vilviestre de los Nabos o la de Arguijo que próximamente relacionare a través estos párrafos, asentadas sobre zonas llanas, esta se dispone en una ladera que cubre un desnivel de 500 mts. desde los 1170 a su entrada hasta los 1637 que tiene la mojonera próxima al Alto de Tabanera, su punto culminante.

 

Al acceder a ella (PK. 250,5 de la N-111) veremos el rustico cartel indicativo de la Ermita de los Santos Nuevos (sin saber hasta esta fecha a que santos modernos o noveles se refiere), benditos mártires trasladados de la iglesia de “Los Santos” aldea despoblada ubicada en las proximidades del vecino pueblo de La Póveda. Dejando a mitad del camino a diestra un majano coronado en cruz, sobre el que asignan la piadosa “leyenda de un caballero” y su porción de carne. Y ya antes de llegar junto al inicio de una rampa; que nos deposita en la “ingente iglesia“, pues el edificio es mucho más que una simple ermita; cruzamos por una bucólica fuente con bancos-merendero.




Es desde esta ermita-santuario de donde parte el itinerario que vamos a realizar, en una espléndida y fresca mañana de otoño, a través de amplias praderas, espesos rodales y bosquetes de robles, así como atractivas zonas de verdes pastos y acebos. La ruta comienza en leve ascenso para al poco traspasar la "Portilla del Aydilllo", desde donde acometemos una más fuerte pendiente por un camino pedregoso de aproximadamente un kilómetro, desde el que nos desviamos a siniestra en ir a la búsqueda de un “haya” de cierto porte, cruzando por medio mitad de un intrincado y espinoso bosquete. Una vez

encontrada, retornamos a la senda principal para continuar la ascensión por entre un buen rodal de acebos, culminando la cuesta en el “Portillo Somero”, donde al parecer existe un “cache” para los practicantes del “geocaching”. Nos rodean unos buenos ejemplares de robles rebollo “quercus pirenaica”, considerados de los más vistosos de estas laderas sorianas,

Salimos del bosque ya tomando dirección sur y camino de regreso, con la impresionante estampa de un fornido roble, sirviéndole de fondo las siluetas de las Sierras del Alba y del Madero con el omnipresente Moncayo sobre el horizonte. Observando en el descenso un par de arbustos bien cubiertos de muérdago, para no tardando llegar a la zona de la Mesilla. Siendo aquí donde nos detenemos para visitar un refugio de pastores conocido como "Choza de la Mesilla", una construcción circular en piedra seca, con más de 300 años de antigüedad y bastante bien conservada. Siendo un tipo de construcción que aún se puede encontrar en estado y numero apreciable por estas comarcas del norte de Soria, tales como son las chozas pastoriles de: la de la Dehesa de Gallinero, la del Acebal de Garagüeta, la de Zarranzano (Arévalo / Castellanos de la Sierra), el chozo de la Peñuela (cercano al pico Terrazas) o los tampoco lejanos chozo de El Calar y chozo de la Soriana.




Desde la Mesilla una buena vereda en descenso y dirección noreste nos devuelve por entre curtidos robles a la Ermita de los Santos Nuevos, donde nos dedicamos a escudriñar las curiosidades que el templo en su exterior nos muestra. Después de comer en Almarza (nada aconsejable el restaurante Cuatro Vientos), nos dirigimos a San Andrés donde teníamos referencia sobre el pórtico de su iglesia, pero prácticamente nada pudimos observar puesto que esta protegido con un plástico casi opaco que impide su contemplación. De aquí tomamos el camino hacia el Polígono Industrial para desde allí ascender por el Camino de las Celadillas pudiendo observar a nuestra derecha en el lugar conocido como el Sestil Somero un enorme “roblón” (roble grande) que sigue desafiando a los años.

 

Continuaremos hasta la Portilla de las Peñas desde donde nos acercamos (noroeste) a las ruinosas Tainas de San Andrés (también conocidas como Majadas de Tabanera) y al cercano, singular y catalogado “Acebo de San Andrés”. Por el sendero iremos buscando el “Gran Acebo” (ojo con las zarzas), existiendo en los alrededores varias tainas en ruinas y varios ejemplares de este “aquifoliumpor detrás de ellas, alguno reseñable por el perímetro de su tronco.



Esta notable planta con unas considerables dimensiones, se encuentra en el catálogo de Árboles Singulares de la Provincia de Soria del Servicio Territorial de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León. Tiene las características de contar con una altura próxima a los 13 metros, un perímetro de 7,4, proyectando su copa una extensión de 171 m2. aunque algunos de sus tallos/varas se encuentran marchitos por falta de luz. Se sitúa a una altitud de 1385 m. en coordenadas 0540113 / 4646310, calculándosele una edad de entre 200 / 300 años. Datos que sirven para aseverar que puede ostentan la consideración de ser uno de los acebos más fornidos de toda Castilla y León.




Poco mas os puedo reseñar de esta esplendida dehesa boyal, solo quedar a la espera de próximas entregas donde aun podré trasladar algo mas del formidable otoño soriano.

lunes, 17 de noviembre de 2025

- Vilviestre de los Nabos...... el Serbal escondido y la magnífica Dehesa de la Cerrada del Pino

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A los barrancos que ha diseñado el río Duero al poco de nacer en el Urbión; los de Covaleda, Salduero, Molinos y La Muedra (estos dos últimos no los podemos admirar pues los cubre las aguas del embalse de la Cuerda del Pozo - 1941); les sucede una llanura aluvial que se conoce como Vega Cintora. Un espacio plano y adyacente al rio que se colmata de agua cuando este baja pletórico por lluvias o en época de deshielo, provocando que estos terrenos se inunden como también ocurre con la contigua Laguna de la Serna, salvándose de las aguas la aldea de Hinojosa de la Sierra por ubicarse en un roquedo sobre la ribera del Duero. Podríamos comparar este efecto, en el que las aguas consiguen ensancharse hasta 800 mts. como si se tratara de un “delta interior”, siendo el caso de los ríos Níger, Okavango, Paraná e incluso el Guadalquivir y Tajo antes llegar a sus estuarios.

Al nombrar la aldea de La Muedra, quiero desde estos párrafos rendir un sincero y afectivo homenaje a esa población y sobre todo a sus moradores que tuvieron que emigrar en favor del “progreso”, al quedar sus casas y sus tierras anegadas por las aguas del pantano de la Cuerda del Pozo.

 

Hasta estas tierras no muy alejadas de la capital soriana, cabecera de ese esporádico delta interior, nos acercamos a reconocer algunos espacios singulares y dignos de mención. Nos situamos en Vilviestre de los Nabos, población bien cuidada como casi todas las de por aquí, ya que estamos muy cerca de una de las zonas históricamente más “opulentas” de toda la provincia “El Valle” y “Pinares”. Piedra y holgura ostentan sus moradas que componen un caserío más bien reducido, apenas unas decenas de casas para los 11 habitantes que hoy ostenta, sí que les adorna el permanente acompañamiento del cercano Duero en cuya orilla derecha se asienta. Pero no hemos venido a observar su trama urbana y sus dispuestas gentes, que también, nos ha traído hacia aquí la singularidad de algunos de sus árboles: unos poderosos robles y su genuino Serbal.




Varios caminos podemos elegir para llegar has aquí pero hemos decidido hacerlo por el que discurre a los pies de las ruinas del castillo de Hinojosa de la Sierra y cruzando el Duero, -por los dos puentes con estructura de hierro pero suelo en basé a tablones de madera-, se dirige hacia el oeste por pista de tierra hasta Vilviestre cruzando Vega Cintora, el viejo camino de Vilviestre a Hinojosa. Siendo antes de llegar a la población cuando nos desviamos a siniestra (sur) para tomar un ramal que nos llevará en unos cientos de metros a la orilla del Pinar del Conde. Lugar donde antaño, al parecer, existió un despoblado nominado como “Aldeanueva”, una de las cuatro pobladuras que el tiempo y las circunstancias hicieron desaparece en la zona: La Solana, San Sebastián, Cintora y la citada Aldeanueva.

 

Continuamos por medio del pinar algo menos de un kilómetro siguiendo al meridión, por la linde con el término municipal de Hinojosa introduciéndonos en la dehesa de la Cerrada del Pino, donde nuestra ruta llega a unirse con el cordel de ganados de la  Cañada Real Riojana que cruzando de Cameros por el Puerto de la Cola y la Sierra Cebollera, atraviesa Vilviestre camino del paso o puerto de Ocenilla para cruzar Sierra Llana (Sierra de Cabrejas), continuando por Las Cuevas/Quintana Redonda y el Portillo de Andaluz llegar hasta las proximidades de Berlanga y más. Así define este transcurrir Mario Diaz Meléndez en su publicación “El tercero, transcurre en dirección Este bordeando la Sierra del Portillo de Pinochos en paralelo al Duero, para torcer hacía el Sur pasando por el vado de Vilviestre de los Nabos, dejando a un lado la Sierra de la Cumbre, hasta cruzar las elevaciones del Subsistema Ibérico por el paso de Ocenilla, conectando con la llanura aluvial a través del pasillo que se abre en la Sierra del Hinodejo a la altura de Cuevas de Soria”.




Nos situamos prácticamente en el punto mojonero de las lindes del Robledal de Berrún (perteneciente a la municipalidad de Soria), Vilviestre e Hinojosa, apenas una cancela de hierro nos separa de esta última. Berrún se nos presenta frente a nuestros ojos a modo de ladera boscosa prácticamente virgen, como si la mano del hombre no hubiera actuado nunca desmochando robles (que si lo ha hecho en la obtención de leña para el hogar y la producción de carbón vegetal para comercializar). Ya que sus pobladores a principios del siglo XX (entorno a los 120), aparte de a la ganadería y la agricultura se dedicaban al “carboneo” de roble como fuente añadida de ingresos, aparte de los estipendios que en mayor o menor medida dejaría el paso de cientos de rebaños trashumantes por la Cañada Real que atraviesa por medio mitad de la población.

 

El Monte o Robledal de Berrún ya por 1593 era monte de realengo (perteneciente a la corona) adscrito la Ciudad y Tierra de Soria, que con una extensión de 854 hectáreas se aprecia perfectamente definido en el mapa de Tomás López de 1783. Siendo nombrado algo más de ciento cincuenta años antes (durante la primera mitad del siglo XIV) como “La Cabeza de Verrun es buen monte de oso, et de puerco en verano”, así recogido en los Libros de la Montería del rey de Castilla Alfonso XI. 

 

Nos da buena pinta este “Robledal de Berrún o Verrún”, pero nuestros derroteros de hoy no hace que le podamos dedicar tiempo a escrutarlo, ya que deberemos buscar el afamado “Serbal de Vilviestre”. Árbol singular que se encuentra en medio de una tupida selva de robles de la inclinada vertiente norte de Peña Aguda, sin ninguna pista o vereda que hasta el nos guie, y nosotros no somos usuarios de tecnologías PGS que nos facilite su ubicación, así que tenemos que poner en marcha lo mejor de nuestro sentido de orientación, confiando un poco también a la suerte.




Siendo en parte del azar quien nos facilitó su hallazgo, pues no era fácil su localización en medio de tanta espesura arbórea sin la más mínima indicación ya no de su ubicación, ni siquiera de su existencia. Pero dimos con el “serbal escondido”, aunque llegamos algo tarde de temporada pues ya le quedaban pocas hojas otoñales y carecía prácticamente de sus característicos y redondeados frutos rojos (suplo esas imágenes con las conseguidas unos días antes en otros serbales de menos porte en la Sierra Cebollera). Se encuentra al final de la dehesa (este), en medio de la ladera del bosque junto a una gran roca, no     siendo fácil de localizar y menos en esta época del año cuando ya se van cayendo las hojas de sus ramas. Se le calcula una edad de alrededor 150 años, manteniendo un único tronco principal de unos 6 m. de altura, con corteza ya agrietada por la vejez. Observando a partir del tallo principal una poda trasmocha que ha generado su peculiar e inusual ramaje en forma de candelabros, traza que ayuda bastante a su localización.




Tras la incursión por el monte descendemos al terreno llano de la dehesa, pastizales ganaderos que a través del Isabel Goig nos llevan al Marques de la Ensenada y su catastro de 1754, donde se recoge que los vecinos de Vilviestre “Eran propietarios de dos dehesas boyales, con un total de 1350 yugadas, de las cuales 1100 son de primera calidad”.

 

Situados ya en la planicie donde se asienta la atractiva y bien cuidada dehesa de Vilviestre de los Nabos, que emplazada en la Cerrada del Pino alcanza una extensión próxima a las 75 hectáreas, nos disponemos a recorrerla en prácticamente toda su amplitud de levante a poniente, pudiendo observar gratamente sus bien cuidados robles singulares de considerable tamaño y notoria edad. El resistente rebollo con su original base perforada, o el hermoso quejigo (en realidad híbrido entre quejigo y roble melojo), con al parecer más de 600 años, cuyo tronco supera los 8 m. de perímetro antes de dividirse en tres poderosos y gruesos troncos. La sucesión de estos esbeltos y curtidos ejemplares del género “quercus” se nos presenta de continuo en nuestro itinerario por este soberbio lugar en un espléndido y soleado día del otoño soriano, observando a nuestro rededor como la naturaleza y el ser humano han sabido congeniar, para mejorar un entono del cual podemos beneficiarnos el resto de los humanos sin tener que renegar de su transformación, tal es el caso de las dehesas que se extienden por toda nuestra geografía.

 

A nuestra derecha se sitúa exultante el Pinar del Conde con repoblaciones de pino albar (pino silvestre), y a siniestra los rodales de robles que se van espesando a medida que ascienden la cuesta camino de la Cuerda del Pino. Hemos visto, tanto aquí como en otros lugares, las cicatrices que los efectos atmosféricos ejercen sobre los vetustos troncos de estos poderosos ejemplares de roble dejando mataduras en sus cortezas, llegando a veces hasta sucumbir estos esplendidos árboles ante la potencia de los rayos, como es el caso del singular y catalogado “Roble de Vilviestre”, que cayó totalmente fulminado ante la fuerza eléctrica de un relámpago durante el verano de 2025. Se le calculaba una edad de entre los 300 y 400 años y se sitúa a unos 100 m. a la izquierda de la entrada occidental de la dehesa yendo por la vereda directa del pueblo, el antiguo “Camino de los Panaderos” (sur).




Durante el recorrido por este interesante y peculiar escenario intentamos distinguir y diferenciar las distintas tipologías de los ejemplares con los que nos vamos topando: el tamaño de sus bellotas, las tipologías de sus hojas, y aun sabiendo que todos pierden estas en otoño, a unos se les caen (caducifolios) y otros los mantienen marchitas en el árbol hasta que salen las nuevas en primavera (marcescentes), aprendiendo a discernir entre un rebollo, un quejigo o un roble albar.

 

Transitamos en toda su longitud los cerca de tres kilómetros por los que se extienden estos prados salpicados de robles, quedando admirados por este nuevo hallazgo que no esperábamos. Un espacio de singular valor natural al que nuevamente no se le da el merecido valor por parte de las autoridades autonómicas. Son ya tantas la reflexiones de este tipo que han pasado por mi mente al recorrer la sorprendente y mágica geografía soriana y tantas las muestras de incuria por parte de quienes deberían aspirar a dar conocer sus tierra, que casi mejor que estos bucólicos espacios sigan así, no vayan a encontrar ocurrentes fórmulas para privatizar también la naturaleza.

 

La ruta que venimos siguiendo da un brusco giro a diestra (dirección noreste), para paralela al río Duero, distante unos 500 mts. llegar a la población de Vilvestre de los Nabos, no sin antes dejar a la izquierda la otra dehesa de la que nos relatara el “Catastro de Ensenada”, la del Vergal de las Zarzas donde observamos un buen rebaño de ganado vacuno que se nos antoja de bastante buena pinta. En la población nos cruzamos con algunos vecinos manteniendo con ellos amena charla, son los que bien conocen su pueblo. Y su tierra y se sienten orgullosos del entono que les rodea……. les prometemos volver no tardando a dedicar más tiempo a departir y recorrer sus encantadores espacios.




Tengo mucho más que trasladar sobre Vilviestre, su historia, condicionantes y curiosidades, también sobre la Vega Cintora de la que apenas he relatado, pero esto se va alargando y trasladarlo de un tirón sería algo pesado, así que lo dejo para la próxima y prometida visita a estas agradables gentes.